La búsqueda de lo que no se ha perdido

in Literatos20 hours ago

…no hubiesen podido saber nunca que un tesoro había sido escondido y que con sus búsquedas infructuosas, por carecer de guía al intentar recuperarlo, dieron nacimiento primero a ese rumor, difundido universalmente por entonces…

El escarabajo de oro
Edgar Allan Poe


fuente

Cuando le quitaron la bolsa de la cabeza, Cintia se dio cuenta al instante de dónde estaba. Se la colocaron para que no lo supiera, como se hacía en las películas. Solo que, en ellas, al que llevan lo montan en autos, botes o aviones, y no lo hacen caminar desde la esquina del parque durante diez minutos. Se encontraba en una parte conocida del bosque, por donde había jugado con sus primos tiempo atrás. Cuando pudo enfocar bien, identificó a Javier detrás de Patricia. Él había utilizado sus servicios tiempo atrás, y ese día hacía de asistente a manera de pago.
Patri jugaba con su celular, sentada en una especie de trono construido por los objetos más extraños y menos pensado para armar un trono. Había trompetas, discos de vinilo, pomos de refresco, ollas, bates de madera y plástico, entre muchos que no pudo identificar. Se hallaban reunidos en una especie de bóveda natural de enredaderas y ramas bajas de los árboles. No se podía ver hacia afuera de lo tupida que era la vegetación, pero por algunos espacios se colaban rayos de sol. A su manera, la naturaleza les construyó una pequeña habitación en el bosque. Patricia se acomodó en su trono, guardó el móvil, se colocó un gorro forrado con una tela de colores y miró a Cintia durante unos momentos.
—Me dicen que tienes otra cosa perdida y quieres que la encuentre por ti —le preguntó Patricia y le hizo una seña a Javier, que salió enseguida de la bóveda apartando unas enredaderas.
—Sí…, Patricia —tartamudeó Cintia.
No sabía si era en serio todo aquel montaje. Le parecía absurdo tanto alboroto y al mismo tiempo estaba apenada por tener que regresar. Era ya la tercera vez que recurría a La Buscadora.
—Tengo perdida mi colección de maquetas de katanas. De las japonesas… ¿Sabes? Las de verdad.
—Todos sabemos que son las katanas. Vemos anime y somos tan otakus como lo puedes ser tú. Lo que no entiendo es cómo se te pueden haber perdido.
Cintia se arrepintió, no solo de haber dicho eso, sino de haber ido también. Iba a despedirse, cuando Patricia la detuvo.
—No te vayas aún. No podrás regresar sin uno de nosotros, es lo primero. Lo segundo es que acepto tu encargo. Buscaré tus katanas. No importa cómo las perdiste.
Cintia miró hacia las enredaderas por donde había salido Javier y pudo distinguir parte del camino en el bosque. Se tranquilizó al darse cuenta que Patricia solo interpretaba su personaje.
—Son unas maquetas, no son reales, qué más quisiera…
—Son katanas, Cintia. Eres mi nakama, así que, por eso solo te cobraré algo tuyo. Escoge el que quieras prestarme.
—¿Prestado? —Cintia abrió su mochila y miró los comics que había comprado esa mañana. Aún no los había terminado. Tendría que hacerlo rápido… antes que Patricia terminara su pedido.
—Sí, somos nakamas, ¿no?
—Claro que sí —sonrió Cintia con timidez. Patricia irradiaba seguridad, confianza, optimismo; todo lo que le faltaba a ella en ese momento.
—Entonces, siéntate —le señaló hacia la silla que le traía Javier, quien acababa de regresar—. Voy a comenzar
Patricia se levantó de su trono y extendió sus brazos en cruz. La luz pareció escurrirse de encima de los objetos y ser atraída por Patricia. Las manchas de sol comenzaron a dirigirse hacia ella, los rayos de luz parecieron doblarse poco a poco a su voluntad y la apuntaron. En un instante brilló, fue envuelta por las manchas solares y en otro liberó toda esa luz; y como si explotara una burbuja. Luego, todo fue devuelto a su normalidad. Cintia se quedó perpleja durante toda aquella manifestación de poder. Al ver que la luz volvió a ser la de siempre, fue a levantarse.
—No ha terminado —la detuvo Javier con la mano en su hombro. Por muchas veces que viera aquel espectáculo, ella no lograba acostumbrarse. Y mucho menos aprendérselo.
Del cuerpo de Patricia se estiraban sombras de brazos, como si fuera un montaje fotográfico de miles de focos que la hubieran alumbrando desde miles de ángulos diferentes. Las sombras alargadas, se escurrieron como serpientes entre los resquicios de aquel lugar y salieron al exterior. Una vez afuera, Patricia bajó sus brazos, volvió a sentarse en su trono y le entregó el extraño gorro de ceremonias a Javier. Miró a Cintia, quien a su vez no dejaba de observar cómo se movían las sombras por toda la estancia.
—¿Aún te asustan? Solo son mis buscadoras —la intentó tranquilizar—. Ahora esperemos. No tardarán mucho. La gente habla de la velocidad de la luz, pero nadie se ha detenido a pensar en la velocidad de las sombras. Son rapidísimas. Y al contrario de la luz, pueden llegar a lugares donde ella no.
—No… no e… no entiendo nada —balbuceó Cintia.
—Tranquila, muchacha. Con el tiempo te acostumbrarás.
Transcurrieron varios minutos y poco a poco la cara de Patricia fue perdiendo su calma y seguridad. Hizo señas a su ayudante y le dio varias indicaciones antes de ponerse en pie otra vez.
—Cintia, tenemos que hablar —le dijo con seriedad por primera vez. Hasta ese momento todo había sido un juego para ella —. No encuentro tus katanas. Lo siento, no están en este mundo.


Andi miraba complacido cómo se marchaba un cliente complacido. Le costó trabajo, pero pudo encontrar el regalo perfecto para la novia. Lo más difícil de todo fue burlar la vigilancia que había levantado Patricia, su mayor competencia en el negocio. Miró a su alrededor con satisfacción. Su cuartel general, u oficina, se encontraba en el patio trasero de su casa, lejos de las miradas curiosas de sus padres y vecinos. Las paredes se hallaban llenas de trofeos de lugares desconocidos para otros, pero no para él.
Sintió los pasos de Dani que regresaba luego de acompañar a su cliente hasta la salida. Él era el único que conocía cómo podía encontrar todo lo que le pedían, independientemente de lo que fuera o el lugar. Siempre y cuando existiera.
Aunque fuera en otro mundo.
—Ya se fue, y contentísimo —le dijo Dani al entrar—. Lo único que faltó fue que se lo envolvieras.
—Con lo que me costó encontrarlo y traerlo sin que se diera cuenta la dueña… no podía arriesgarme a envolverlo. Ahh, si hubiera pagado un extra, quizás se lo hubiera hecho —bromeó Andi y ambos rieron.
—¿Y ahora qué?
—No entiendo, ¿qué quieres decir? —Andi sabía perfectamente a qué se refería su amigo.
—Tú sabes bien. Te metiste en terreno de Patricia. Ella no va a parar hasta que encuentre las katanas.
—Patricia tiene sus principios, no creo que vaya a romperlos por un encargo. Simplemente le dirá a la dueña que no los encontró y pedirá disculpas.
—¿Tú lo crees? No me parece que ceda tan fácil. ¿Y qué con su regla de ser la mejor en el negocio de buscadores? Sabes que lo piensa.
—Confía en mí. Lo dejará pasar.
— No debiste haberlo hecho —recriminó Dani muy serio, ignorando el comentario anterior—. Te dejaste llevar por el ego. Tenías que decirle que no, o buscar otra cosa.
—Eso era lo que quería el cliente, Dani. Ellos siempre tienen la razón.
—Lo sé, pero de todos los mundos posibles, tenías que buscar allí…
—Es el único idéntico al nuestro. Nuestro espejo en muchísimos sentidos. Y el único donde hallar esas maquetas de katanas.
—Pero es el territorio de ella. Te juro que me da miedo pensar en que venga. Podría ser una completa molestia. ¿Quién sabe qué represalias tomará?
—Precisamente por ser su territorio fue que lo busqué allí. No pensará nunca en buscar aquí. Y en caso que lo haga, no creo que lo recupere.
—A veces me maravilla tu seguridad, Andi, y ahora no lo digo como un cumplido.
—Lo sé, Dani. No te preocupes y dejemos el tema. Vamos a comer algo que nos lo hemos ganado. Deja a la otra romperse la cabeza buscando, que nunca lo encontrará.
—No puedo estar tan relajado como tú. Dimos nuestra palabra y teníamos que cumplirla. Nos van a cerrar el negocio. No te entiendo, Andi. Sé que esto es importante para ti.
Andi miró a su amigo. Nunca lo había visto tan preocupado. Cerró la puerta de su oficina y volvió a sentarse. Invitó a Dani a hacer lo mismo.
—Te voy a contar una historia de un niño muy… diferente. Tanto que los demás de su escuela no querían jugar con él. En cada ocasión que salía al recreo, tenía que jugar solo. Todo, por tender un don, muy especial que los demás no entendían. Un día, mientras jugaba en la arena del parque con su juego de cubos, se le acercó una niña muy sonriente. Quería jugar con él y juntos hicieron los castillos de arena más lindos que había podido construir con sus cubos. Pero ella no quería que se quedara así, siendo un bloque sólido de arena, quería realismo y le pidió al niño que utilizara su poder para excavar en el interior del castillo y creara pasillos y habitaciones. Él se asustó, pensó que era una broma para luego burlarse de él, decirle “fenómeno, raro”; sin embargo, la sonrisa de ella lo alejó de tales pensamientos. Así que cerró los ojos y una pequeña corriente de aire descontrolada brotó de sus manos. La niña puso la suya en los hombros del niño y le dijo: “Cálmate. Abre los ojos. Piensa en el viento como una extensión de tus brazos. Visualízalo. Prueba ahora.” Y así mismo hizo él y dos brazos de aire corrieron, poco a poco, a través del castillo, excavando los cuartos, pasillos y ventanas del castillo de arena. Por supuesto, el castillo se cayó al rato. Era de arena. Con la alegría, el niño cavó de más y perdió su sostén. A ellos no les importó en absoluto, se miraron y comenzaron a reírse.
»Continuaron durante la tarde y ya cuando caía el sol, ella dijo que debía irse. Él se entristeció y le preguntó si la vería otra vez. Ella dejó de sonreír. Le dio una tarjeta con una dirección y teléfono. Dijo que fuera a allí para que le enseñaran todo lo que debía aprender sobre su don, pero tenía que irse. Antes de la despedida, le pidió al niño un recuerdo suyo. Él se palpó los bolsillos y no encontró que darle. De pronto vio su juego de cubos de arena y con mucho dolor se los entregó. Ella no se los quiso aceptar, pero él insistió hasta que los aceptó. Una vez que los tuvo en sus manos, le recordó la tarjeta y se desvaneció frente a él. Solo quedó una sombra alargada que se escurrió por un rincón, llevándose sus cubos de arena. Esa fue la primera vez que vi a los clones de sombra de Patricia.
Dani pensó que su amigo iba a llorar de un momento a otro, así que lo hizo hablar.
—¿De qué era la tarjeta? ¿Una mentira?
—No, la tarjeta era verdad. Era del Sindicato. La mentira fue la de hacerse pasar por mi amiga. Me rompió el corazón. Estaba trabajando mientras jugaba conmigo. La había enviado el Sindicato de Buscadores, es verdad. Pero estaba tras mis cubos. Ese era su pago para mantener el equilibrio. Toda magia tiene su precio, y ella cobró el suyo.
—Nunca me has hablado de ellos.
—No puedo. Bastante que sabes que existen. Ellos me enseñaron todo lo que me hizo falta saber para comenzar este negocio.
—¿Y qué ganan ellos con eso?
—Nada. Solo controlan. Al menos no me han pedido nada en absoluto. Dicen que, a través de nosotros, ellos garantizan el equilibrio entre mundos. Son los que nos permiten pasar entre ellos a buscar lo que necesitamos. Hay cosas en uno que ayudan al otro, o algo así.
—Y las que lo perjudican.
—Sí, pero esas no las pasamos. Solo lo que es necesario para el equilibrio.
—Lo sé. Entonces, ellos son los que te asignaron tus territorios de busca.
—Más o menos. Puedo ir a donde quiera, menos al mundo de otro buscador.
—Como Patricia.
—Así mismo.
—¿Ella no les dirá nada a ellos?
—No. Ya te lo dije. Ella no puede venir a llevárselo así por así, sin que nadie se lo pida. Rompería el equilibrio. Ese objeto fue deseado aquí. Soñado. Era necesario.
―Y ¿qué le impide llevárselo si lo piden?
―Lo va a dejar pasar, Dani. Confía en mí. Ella no se arriesgará a tanto.


—¡Que no lo voy a dejar pasar! —le gritaba Patricia a Javier.
En ese momento se notaban los doce años que tenía en su mayor gloria: brazos cruzados sobre el pecho, pies golpeteando el suelo, cabeza en constante negativa a lo que le dijeran, boca contraída y cejo fruncido. En su totalidad, era una clásica perreta infantil.
Javi intentaba calmarla. Todos dentro de la pequeña habitación vegetal miraban la escena sin moverse, por miedo a que la acometiera con ellos. Cintia no entendía nada de lo que sucedía.
—Es su mundo, Patri.
—Él entró al mío.
—Bueno, técnicamente no lo hizo.
—¡Sabes a lo que me refiero, Javier!
—Si lo hubiera hecho, los del Sindicato lo hubieran castigado. Posiblemente le cerrarían el paso fuera de su mundo. Lo mismo para ti si vas al suyo. Tú misma me lo has dicho.
—No me importa. No lo puedo dejar pasar. El muy…
—¿Puedo preguntar qué es lo que pasa? —intervino Cintia preocupada.
Todos la miraron repentinamente, no creían su valor al interrumpir la furia de Patricia. Con las emociones, olvidaron que aún seguía siendo su clienta. Y su prioridad.
—Es Andi, un buscador de otro mundo. Él es el que se llevó tus katanas.
—No lo sabes con seguridad —le dijo Javier.
—Sí lo sé, el rastro llega hasta el límite de su universo, y voy a ir a confirmarlo. El muy malagradecido.
—¿Quién es él?
—Se dice él mismo que es mi mayor competencia. Nunca lo entendí. Yo lo recluté hace dos años. Hasta ese momento era un niño solo y aburrido. Hablé por él ante el Sindicato y ellos lo aceptaron. Si no fuera por mí, estaría jugando solo en su casa y creando ciclones.
—¿Ciclones? —Cintia no entendía nada. Patricia estaba tan enfadada que no cayó en que su clienta desconocía las interioridades de los buscadores.
—Sí. Ciclones —explicó Patricia y tomó asiento para poder conversar con calma—. Como mis buscadores son sombras, los suyos son vientos. Si no lo hubiera reclutado a tiempo, sus pequeños vientos descontrolados, a esa edad, se hubieran convertido en tornados y ciclones en esta. Ahora me tiene como su enemiga, ni me habla. El muy ingrato se cree que sus buscadores son más refinado e indetectable que los míos. Entre nosotros: se puede sentir cuando te toca. Con ellos palpa, ve y escucha todo. Son extensiones de él mismo. Es así como busca. Pero no puede venir a robarme a mí en mi cara, por muy dolido o creído que esté. No le he dado motivos para hacerlo.
Patricia les contó a todos sobre el día que conoció a Andi. Luego se quedó sentada, muy pensativa, mirando distraídamente a su gorro de ceremonias en sus manos.
—Es cierto —intervino Javier—. Pero no tienes pruebas que haya sido él.
—Es verdad, Javi. Así que tengo que buscarlas.
—Así mismo —Javier parecía contento por haberla hecho tomar cordura.
—Cintia, nos vamos a buscar tus katanas. ¿Has viajado alguna vez a otro mundo?
—¿Yo…? No. Nunca he salido ni de provincia.
—Pues nos vamos.
Su ayudante tenía la boca abierta. No podía decirle nada. En varias ocasiones lo intentó, pero la decisión de Patricia lo dejó aturdido.
—Puedes irte, considera pagada tu deuda. Quédate con mis cosas, y mi gorro… me lo llevo. Hay que estar presentable cuando uno va de visita a otros lugares. Si no nos vemos nunca más… ha sido un honor trabajar contigo. Adiós.
Javier no sabía qué decir. Se dejó caer sobre una silla y miraba a Patricia ponerse su abrigo. Le dijo “adiós” con la mano y Patri le tiró un beso.
Cintia casi que no creía lo que sucedía a su alrededor. Mucho menos lo que vio luego que Patricia la tomara de las manos y la condujera a través de una puerta vegetal que daba a una pared oscura. Más que oscuridad, le recordó a la nada de La historia interminable. Daba mala impresión fijar la vista, pues era como si no vieras “nada”. Pues a través de esa puerta cruzaron las niñas. Cintia cerró los ojos al cruzar y una vez que los abrió, se encontraba en el otro lado. Aquél era un mundo idéntico al suyo, pero por alguna razón, se sentía diferente. Fue demasiado fácil, pensó Cintia, que había esperado algún dispositivo, o utensilio, como La Daga que usaba Will, el de La Brújula Dorada, para abrir portales a otros mundos.
—Vamos, es por aquí —indicó Patricia.
Cintia seguía mirándolo todo a su alrededor, en busca de aquel aspecto discordante que le diera la seguridad que no estaba en su mundo. El paisaje le resultaba familiar.
—¿Cuántas veces has venido aquí antes?
—En persona, esta es mi primera. Con mis sombras, muchas veces. La última fue cuando recluté al zorro que vamos a ver ahora. No le he dejado un mundo para que vaya a robarme.
—¿Es muy lejos? ¿Cómo sabes dónde encontrarlo?
—¡Vamos! —ladró Patricia—. No te retrases que te quedas sin katanas.
—¡Voy!
Caminaron hacia una casa a más de una cuadra de distancia del portal por donde entraron. Era una casa hermosa, alta, de dos plantas. Patricia cruzó el jardín y abrió una puerta en el costado de la residencia, la que daba a un pasillo que corría a todo lo largo de la casa hasta llegar a un amplio patio trasero. Lo que más le llamó la atención a Cintia, no fue que aquella mini casa en el patio, sino que Patricia se conociera cada detalle y era la primera vez que iba en persona.
Le hizo una seña de “vamos” con la mano y se dirigió hacia la casa en el patio. No habían llegado a la puerta cuando esta se abrió y dos niños de la misma edad de ellos, salieron por ella. Se quedaron mirándose unos a otros sin decirse nada por unos instantes. No obstante, fue el tiempo necesario para que Cintia supiera quién era el que fueron a ver.
—Buenas tardes… —comenzó a decir el otro.
—¡Buenas tardes nada, Dani! —interrumpió Andi alterado—. Te presento a Patricia. Excelente buscadora de nuestro mundo espejo. Arte que solo es superado por sus mentiras y manipulaciones.
—¡Yo no te he mentido ni manipulado! Todo eso está en tu cabeza. De donde mismo salió la loca idea de ir a robar a mi mundo. ¿O lo vas a negar?
—No lo haré.
Muy rápido que encontró la prueba, pensó Cintia.
—Cálmense un poco, vamos a hablarlo como personas civilizadas —trató de apaciguar Dani, pero fue callado por un unísono “¡No!” de ambos buscadores.
Dani se acercó a Cintia, esta encogió sus hombros y se dedicaron a observarlos sentados en un banco del patio. Cintia seguía mirando a su alrededor y todo era idéntico a su mundo. Si no hubiera sido por aquella puerta y esa sensación extraña que no la abandonaba, no hubiera creído estar donde estaba. Todo hubiera parecido un montaje.
—Mira, Dani… No he venido hasta aquí para demostrarte nada. Cree lo que quieras. Solo quiero que le devuelvas las katanas a mi clienta. Esas que sacaste de su casa.
—No puedo, y no lo haré. Hice un trato con un cliente y se las di. Búscalas tú misma.
—Sabes que no es tan simple. Eso es robo. Nunca creí que fueras capaz de hacer tal cosa y con tanto descaro. ¿Qué enseñan aquí a los niños?
—Hice lo mismo que tú haces. No me vengas con esa.
—Yo no robo. Nunca lo he hecho. Y si no me las das, tendré que acudir al Sindicato.
—¿No lo haces?
—No.
La cara de Andi pasó del enojo a la sorpresa. No se esperaba tal respuesta. No le parecía que mintiera.
—¿No estás mintiendo? No te creo. ¡Eres una mentirosa!
Le gritó y se giró hacia su amigo en busca de apoyo. Pero este no parecía tener intención de intervenir otra vez. Sin embargo, fue en ese instante que Cintia notó cuál era la diferencia… o en ese caso, la semejanza. Al ver la postura de Andi, notó perfectamente sus brazos cruzados sobre el pecho, pies golpeteando el suelo, cabeza en constante negativa, boca contraída y cejo fruncido. En su totalidad, era una clásica perreta infantil: la misma que su gemela de su mundo espejo. Todo le vino de repente. Aquel barrio ocupaba el espacio del bosque en el que la habían llevado a ver a Patricia. Los árboles no eran las mismas especies, pero mantenían la misma forma y ubicación, excepto los espacios que ocupaba la urbanización de ese mundo. Cintia entendió todo eso solo de verlos discutir.
—No lo hace, y no te mintió —intervino—. No podría hacértelo. Menos a ti. Aunque no lo creas, estoy segura que eres como lo era ella antes de descubrir su poder. Yo la conozco desde niña y le temía. Era muy oscura, y sus sombras me aterraban. Tenía pesadillas con ellas. Sin embargo, un día estaba tratando de columpiarse sola en el parque y no sabía cómo hacerlo. Así que me llené de valor y me acerqué a enseñarla. Desde ese día somos amigas. Tanto que fue capaz de revelarme su mayor secreto y arriesgarse viniendo hasta aquí. Hasta donde está su doble en este mundo. Al que reclutó y salvó de la soledad. Aquel con un don similar al de ella. No. Ella no roba, Andi, sino que intercambia.
Andi miraba a Dani, y después a Patricia. Parecía aturdido. Caminaba de un lado a otro pensativo. Se pasaba la mano por la cabeza, revolviéndose el pelo y luego miraba a Patricia que hacía lo mismo. Ninguno se había detenido a pensar en que eran dobles.
—No puedo creerlo —dijo al fin—. ¿Qué pruebas tienes de eso que dice?
Le preguntó a Patricia. Esta suspiró y se quitó el gorro. Con delicadeza zafó un broche del interior y el forro de tela descubrió lo que cubría: Uno de los cubos de arena.
Andi se quedó boquiabierto. Después de tanto tiempo, volvía a él y de esa manera. El arrepentimiento se le notaba en su cara. Solo que era demasiado orgulloso para pedir perdón por sus acusaciones.
—Nunca te mentí ―le dijo Patricia―. Te presenté al sindicato para que pudieras encontrar una forma de perfeccionar tu poder y usarlo para el bien. De esa manera los demás no te temerían. Es lo mismo que hizo Cintia por mí. Es algo que le agradeceré siempre, Andi.
Patricia le devolvió el cubo y él lo tomó. Lo contempló durante unos instantes y de repente se lo entregó con aparente indiferencia.
—Tómalo, no lo necesito —ella lo cogió, le puso su forro y volvió a colocárselo en su cabeza.
De pronto, una turbulencia levantó el polvo y hojas caídas. El cielo comenzó a cubrirse de nubes. Una puerta igual a la que Cintia y Patricia cruzaron solo unos minutos atrás, comenzó a abrirse en un costado del patio.
—No puedo devolverles las katanas, como les dije, pero puedo decirles quién las tiene —le dijo Andi mientras las acompañaba a la salida.


En el cuarto de Pedro se veían cortes de papel de regalo por doquier. Niño al fin, no tenía mucha idea de cómo envolverle las katanas a su novia. De pronto, algo le hizo girarse y mirar hacia la ventana. Del susto dejó caer el regalo mal envuelto al suelo y se recostó al escritorio.
—No te asustes —le dijo Cintia. Habían acordado que sería ella la primera en hablar, para tranquilizar al muchacho—. Nos mandó Andi.
—Mejor dicho —rectificó Patricia—, nos dijo que te encontraríamos aquí. Venimos por las katanas. No te pertenecen.
Al instante Pedro las recogió del suelo y se levantó.
—Primero que todo, ¿cómo rayos entraron? Segundo, váyanse ya de aquí. No les voy a dar nada a nadie. Es un regalo para mi novia y pagué por él. Váyanse de aquí antes que las saque yo por la fuerza.
Pedro, aunque de la misma edad de las niñas, era varón, más alto y fuerte que ellas.
—¿Vas a golpear a dos niñas indefensas? ¿Esa es la clase de hombre que eres con tu novia?
—Pedro —le dijo Cintia para calmarlo—, esas katanas fueron un regalo de un buen amigo mío. Como objeto, ellas no valen mucho, pero sí tienen gran valor para mí. Es el recuerdo de alguien. Por eso vengo a buscarlas. Fue un error que cayeran en tus manos.
—Lo siento por ti, niña, pero no puedo. Mañana es el cumpleaños de mi novia. Ella es fanática de la cultura japonesa, y esto le va a encantar. Así que váyanse antes que tenga que usar la fuerza.
—Sí, le va a encantar —lo enfrentó Patricia, extrajo su celular del bolsillo e hizo un selfie donde salieran los tres—, sobre todo cuando se entere que estabas con dos niñas en tu cuarto el día antes de regalársela. Vuelve a amenazarnos, te reto.
La valentía de Pedro menguó e inconscientemente dio un paso atrás, dándose cuenta de su situación.
—Es que no puedo dárselas. Es lo único que tengo. Traté de buscar algo otaku que regalarle, pero no encontré nada que me convenciera. Hasta intenté hacer un comic inspirado en ella, pero no me pareció tan bueno. Yo las entiendo a ustedes, pero compréndanme.
—Yo…
—Yo lo hago —Cintia interrumpió a Patricia, antes que hiciera leña del árbol caído—. Por eso te traje esto. Es muy especial para mí y creo que lo será para tu novia.
Cintia extrajo sus cómics de la mochila y se los entregó a Pedro.
—Son los primeros números del cómic número uno de dónde vengo. Aún no ha salido a la venta aquí, quizás nunca salga —Cintia miró a Patricia esperando confirmación y ella se la dio con un gesto de la cabeza—. Así que tendrás, algo original, no como esas katanas de juguete. Una exclusividad que nadie podrá igualar y su eterna gratitud. No te preocupes, que a través de Andi, te enviaré los demás números. No se perderán nada y siempre serán un regalo único.
Los ojos de Pedro brillaban al ver las revistas. No podía creerlo. Dejó las katanas sobre su escritorio y comenzó a ojear los comics.
—Son reales. Nunca había visto este título.
—No, nadie los tiene. Solo tú.
—¿Y cómo…?
—No te preocupes de cómo llegaron a mis manos. Piensa en que conozco al autor. Por eso tu exclusividad. Además, si haces el trato, te ayudaremos a envolverlas.
Pedro vio los cielos abiertos. Al instante accedió.
—Está bien, siempre y cuando me ayuden —miró a Patricia con temor—. Y no le cuenten a nadie que estuvieron en mi cuarto.
—No te preocupes —le dijo ella y borró las fotos—. De todas maneras, dudo que lo creerían.
Cintia le lanzó una mirada de desaprobación a Patricia, pero ella la ignoró y le pasó las tijeras. Pasados unos minutos, tenían los comics perfectamente envueltos. Pedro irradiaba felicidad. Estaba tan impaciente por entregarlos que casi olvida devolver las katanas.
—Por favor, tomen sus katanas. Discúlpenme por haber sido tan grosero con ustedes.
—No te preocupes, con tal que no lo seas de ahora en adelante…
—Jamás. Y siempre me acordaré de ustedes, chicas. Me han salvado.
Patricia y Cintia se despidieron de Pedro y este salió del cuarto a buscar una bolsa en la que se llevaran las katanas.
—¿Él no sabe nada de los otros mundos, Patricia?
—No. No se le debe decir a nadie. A no ser que trabajen juntos.
—¿Por qué me lo dijiste?
—Porque eres mi amiga. Creo que eso basta ¿no?
—Sí, creo que sí.
Patricia se veía muy preocupada. Estaba distraída.
—¿Ahora qué hacemos? ¿Nos vamos a casa?
—No, no podemos. Al menos por ahora. Queda algo que hacer.
Pedro regresó con la bolsa y guardó las katanas. De paso le dio un refresco a cada una como regalo.
—Para que me recuerden —les dijo.
Patricia y Cintia se giraron hacia la ventana para irse, cuando Pedro recordó que no le habían contestado una pregunta.
—Por cierto, nunca me dijeron cómo fue que entraron aquí.
A manera de respuesta, Cintia cruzó la ventana primero, luego Patricia. Una vez del otro lado, esta introdujo la cabeza al cuarto y le guiñó un ojo antes de disolverse en una sombra. Cuando Pedro se asomó por donde mismo habían desaparecido, no vio a nadie.
Pasó mucho tiempo tratando de descifrar qué había sucedido. Estuvo a punto de abrir el envoltorio de los comics a ver si era realidad lo que había sucedido. Lo único que lo detuvo fue ver lo bien que estaba envuelto. Él no era capaz de hacerlo, así que ellas fueron reales. ¿Cómo pasó? Se lo preguntó durante toda su vida. Sobre todo, cuando miraba los comics y las recordaba.


Las niñas corrieron de su escondite hacia el patio trasero de la casa de Andi. Al llegar, frenaron su carrera al ver las tres altas figuras que tenían agarrados por las muñecas a Dani y Andi.
—¡Deténganse!
Gritó Cintia sin saber por qué. Los cinco se giraron sorprendidos a observar a las niñas.
—Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí —dijo el del medio. Un ser pálido con forma humanoide sin llegar a serlo. Su cuerpo parecía un globo traslúcido repleto de nebulosas y galaxias por dentro. Todas en constante y lento movimiento—. Cancelen la búsqueda. Ya está aquí, y acompañada.
Dejaron a los niños y se acercaron a ellas. No caminaban, aunque tenían pies, sino que flotaban sobre la hierba. Se detuvieron tras ellas y con las manos les señalaron que se unieran a los chicos. Eso hicieron. Luego, se encaminaron hacia la oficina de Andi, donde se sentaron los niños frente a los seres aquellos, como si estuvieran en un juzgado.
—No voy a enumerar todo lo que han hecho mal —comenzó uno de aquellos seres—, porque de sobra lo saben. No les haré perder su tiempo, ni el mío. Vamos directo al asunto en cuestión.
Cintia no se movía. Por alguna razón sentía que no debía moverse de su puesto. Sin girarse siquiera, le susurró a Patricia:
—Patri, ¿quiénes son esos tres y qué quieren de nosotros?
—Nosotros somos la dirección de lo que ustedes llaman El Sindicato —le respondió el que Cintia llamó “Juez 1” debido a que parecía que los estaban juzgando. Como no sabía qué eran, los enumeró—. Y no queremos nada de ustedes, sino de ellos —y su mano señaló a Andi y Patricia—. Al menos, por ahora.
—Entonces déjalos irse de una vez. No tienen por qué estar aquí.
—Eso lo decidimos nosotros, Andi —dijo Juez 2—. Ahora, dígannos: ¿Por qué incumplieron sus reglas? Bien claro les dijimos que no podían entrar en el terreno del otro.
―Pero nunca nos dijeron la razón ―dijo Andi.
―No teníamos por qué hacerlo ―intervino Juez 1.
―Es porque son dobles, ¿verdad? ―se arriesgó a interrumpir Cintia.
―Sí ―se resignó a responder Juez 2, luego de lanzarle una mirada vacía y tenebrosa a Cintia, retándola a que se atreviera a intervenir otra vez―. Los gemelos no pueden estar juntos en el mismo mundo. Eso trae un desbalance consigo, sobre todo si interactúan durante mucho tiempo. Por eso es que se debe evitar a toda costa.
—Como resultado puede haber muchas alteraciones en el multiverso —acotó Juez 3 dirigiéndose a donde estaban Patricia y Andi—. Ustedes sabían eso.
Los dos asintieron y bajaron la cabeza. Ninguno se atrevía a decirle que recién lo habían descubierto.
—Así me gusta. Serán irresponsables, pero saben reconocer sus errores. Ahora tienen que pagar las consecuencias. Ambos serán confinados a sus respectivos mundos.
—Y respecto a los civiles, también tenemos medidas…
Los cuatro niños se miraron asustados. Sentían que aquel momento podría ser el último en que se vieran. De pronto, Cintia, en contra de lo que su instinto le dictaba, se levantó y encaró a los tres seres.
—Discúlpenme un momento… Eh, ¿cómo los llamo?
—Nosotros somos…
—Como sea. El asunto es que, si el estar juntos en el mismo universo causa un desbalance, ¿por qué los mantienen en él? ¿No están propiciándolo?
Patricia la tomó por la muñeca y la halaba hacia abajo para que se sentara.
—No, humana. Esta casa está construida de manera que haga de portal —respondió Juez 1.
—Técnicamente —continuó Juez 3—, el interior está entre todos los universos.
—Fuera de ellos. Por eso no causamos disturbio alguno —terminó Juez 2.
—Entonces, esa es la solución —declaró Cintia y se sentó mientras sonreía.
Patricia la miraba con los ojos abiertos, como si se la quisiera comer con ellos. No entendía aquella última oración. De hecho, nadie lo hacía.
—¿La solución a qué? Si se puede saber —preguntó Juez 2.
—Pues al desbalance que ustedes iban a crear.
Todos se miraron los unos a los otros a ver si alguien entendía aquella locura, pero ninguno fue capaz de comprender aquellas palabras, así que se giraron hacia Cintia. Ella se levantó confiada y comenzó a caminar por la estancia, como mismo hacía su profesora mientras explicaba durante las clases.
—Es simple, caballeros. Puedo ver que nadie entiende nada de lo que sucede aquí. Ni siquiera ustedes se han dado cuenta —señaló a los del Sindicato—. Me he estado preguntando muchas cosas desde que mis katanas se perdieron y comenzó esta aventura. Primero ¿qué ganan ustedes con que Andi, Patri y los demás buscadores –si es que hay más–, hagan su trabajo y quiénes son El Sindicato? Muchas cosas han pasado por mi mente.
Patricia la miraba hipnotizada. Ella se había preguntado todo eso durante mucho tiempo, pero sin encontrar respuesta. Al cabo de varios trabajos, se dejó llevar por la emoción y lo dejó de lado. Sin embargo, Cintia decía haber descubierto todo en una sola tarde. “Es genial”, se decía, orgullosa de su amiga. Caminaba como lo hacían los detectives de las películas de detectives, a lo Hércules Poirot o Chevalier A. Dupin a la hora de nombrar al asesino.
—La respuesta a la que llego es simple, pero antes tengo que hacerles una pregunta para confirmar mi teoría: ¿Hay otros buscadores en los mundos de sus dos buscadores?
Los tres seres estaban más intrigados ante aquella insolencia, que molestos, por lo que respondieron negativamente casi al unísono. Cintia les dio la espalda y, con disimulo, respiró aliviada.
—Entonces tengo razón. Primero, ustedes no pueden cerrarles los portales a mis dos socios… y antes que me interrumpan, pueden hacerlo, solo que no deben. Déjenme terminar. El motivo por el cual lo digo, es que aunque ellos se dedican a buscar lo que otros pierden, la realidad es que llevan de un universo a otro, lo que estos necesitan y se llevan lo que no. Todo lo que se extravía, y no es reclamado en un mundo, deja de ser útil en ese universo y pasa a ser necesitado en otro. Es un sistema perfecto. Como el respirar, por ejemplo. Y ustedes, los llamados “Sindicato”, son parte del multiverso este. No sé de qué manera, pero es lo único que tiene sentido. ¿Cómo sino, podrían controlar los portales y estas zonas en tierra de nadie? Si el universo sufre alteraciones, ustedes las sienten. Por eso los buscadores y la necesidad de mantener los dobles separados. Es entendible hasta ahí. ¿Estoy equivocada?
Todo encaja, pensó Patricia, y se dio cuenta tan pronto. Aunque no entendía cómo era posible que enfrentara a seres de otro mundo y temiera a sus inofensivas sombras. Sin embargo, tras una detenida mirada a las manos de Cintia, vio que estas temblaban de miedo. Aún más orgullosa estuvo de su amiga.
Andi miraba a todos lados. Nunca había pensado ver al Sindicato contra la pared. Si lo que dijo Cintia era cierto, tendrían luz verde para actuar como quisieran. Ellos dependían de él y Patricia. En eso pensaba, cuando Juez 1 se levantó y se estiró a todo lo largo de su cuerpo. Los demás lo imitaron. Juntos flotaron hasta detenerse frente a Cintia, quien parecía que en cualquier momento se desplomaría por la presión.
—Tienes razón, humana. Estás muy cerca de la verdad. Pero hay algo con lo que no cuentas: que nos llaman El Sindicato, y es por algo, y es que hacemos cumplir las reglas. Si nos hubieran pedido permiso para interactuar entre ustedes, es posible que se lo hubiéramos dado. Siempre y cuando midan sus acciones. Pero no. Lo hicieron sin pedirlo, y sin saber qué podían y qué no podían hacer. Eso puede traer consecuencias irrevertibles en ambos mundos. Aunque nos perjudique en algo, tenemos que hacer cumplir la ley y esa es que no puedes seguir ejerciendo como lo hacían hasta el momento. Y a ti y a Dani, les borraremos la memoria de este día. Sin leyes no somos nada más que animales salvajes.
—Pero ¿Tienen a otros que hagan lo que hacemos? —preguntó Andi, asustado. Los demás se encontraban igual.
—No. Pero no quiere decir que no los haya. Solo hay que encontrarlos.
Todo parecía perdido. Los seres del Sindicato tomaron a Andi de la mano y lo colocaron junto a Cintia. Estos no tenían fuerzas para resistirse, ni para aguantar las lágrimas que comenzaron a correrles por las mejillas. Andi y Patricia lloraban igual, sin embargo, justo cuando Juez 1 y 2 pusieron sus manos sobre las cabezas de los niños para borrarles la memoria, Patricia gritó.
—¡Eso es! Nosotros lo haremos por ustedes.
Todos se detuvieron y miraron a la niña de las sombras, brillar como nunca de la emoción.
—¿Qué es lo que harán?
—Buscaremos a los demás buscadores de todos los mundos. Haremos según la ley, como bien dicen. No trabajaremos más como lo hemos hecho, sino que lo haremos a dúo, Andi y yo, juntos desde este mismo lugar, o sea, fuera de nuestros mundos. ¿No puede ser? No estaríamos incumpliendo ninguna ley.
Andi se levantó como un resorte ante tal idea. Comprendía todo y sentía la esperanza resurgir de las cenizas.
—Y ellos serían nuestros reclutadores. Ya han probado su valía e inteligencia. Uno a través de mucho tiempo de servicio y ella, hoy mismo. Díganme que no están de acuerdo. Y como dice mi socia, no estaríamos incumpliendo ninguna regla.
—Es una solución en la que todos ganamos —concluyó Patricia—. Podríamos ajustar el desbalance causado y seguir sirviéndolos desde aquí. Es cierto que sin reglas no somos nada, y de incumplirlas somos culpables. Pero de los errores se aprende, y se darán cuenta que, de este error nuestro, ustedes saldrán beneficiados.
Se quedaron mirándose unos a otros durante el tiempo en que los seres del Sindicato, debatían telepáticamente sobre la propuesta. Sin retirar sus manos de las cabezas de Cintia y Dani.
Entonces tomaron la decisión que cambiaría sus vidas. Se fueron a sus asientos nuevamente. Una vez allí dijeron que no. Al instante, los niños vieron que, en los pálidos rostros, se dibujaba algo parecido a una sonrisa. No todo iba a ser como proponían. De ese momento en adelante, ellos harían eso: buscarían a los nuevos buscadores, sin embargo, no de sus mundos, sino de todos. Con eso, restaurarían, poco a poco, el equilibrio y de paso, entrenarían a los nuevos reclutas. Siempre con la asistencia de Cintia, quien aportaría inteligencia y rapidez mental. Y de Dani, quien, con su mente fría, impondría la cordura y prudencia. Los dos mantendrían a Andi y Patricia en el buen camino.
Desde entonces, si alguien ve a los rayos del sol moverse misteriosamente, unas sombras tomar forma humana, o cambiar de forma brusca la dirección del viento, puede ser que esa persona, o ser, sea alguien especial, quien tenga en su poder, ayudar mantener el balance del universo.
Podrías ser tú.

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