En tardes de sobremesa donde las charlas se alargan se presentan atardeceres para enmarcar, para disfrutar para pensar lo insignificantes que somos frente a nuestro problemas, a esos monstruos que nos deboran por dentro, que nos destroza la existencia por esos nervios bellacos.
Dejarse llevar solo con la mirada , en la respiración y sentir que estás admirando la belleza, la compañía y el rodeo hace el resto.
Arreglar el mundo en modo cuñado y darse cuenta la presencia efímera de la imagen, frenar y volver a la esencia de la que procedemos perturbadas por copas degeneradas que nos aleja de real.

Fotografía de mi autoría