
En las calles,
Buscandole un lugar a este sol.
Vestidos en carne cruda,
Rastros de su ser hecho polvo.
Siempre tentados y presos,
Caminan con sus grilletes.
Cubiertos por todo el miedo,
Mantos de las ilusiones.
La coherencia se había cambiado,
Para un lugar tan lejano.
Y la verdad no tenía dirección,
Hace mucho, no era allí visitante.
Una tierra, sin tierra,
Sin provecho y abandonada.
La tumultuosa, alborotada,
Por los ángeles discriminada.
No es que haya acepción,
Pero alguien debería encenderse.
Sin la luz en el corazón,
El fin sería oscurecerse.
Y no era sólo un fin,
Pero una eternidad en las tinieblas.
Dios les sentó el querubín,
Con el fin de hacerlas eternas.
Alguien entonces percibió,
Que su luz estaba encubierta,
Y que podía librarse de todo aquello,
Abriendo como ventana.
Y así fue como lo hizo,
Se abrió como aberturas
Los vientos del sur, muy cortez,
Lo refresó en alba y blandura.
Y fue posible a la luz
En este momento,
No era una claridad común
Pero la sabiduría soberana.
En aquel lugar,
Como el rayo de un día,
Y allí se hizo habitar,
Traedle paz y alegría.
Quisiera despertar a sus hermanos
Del sueño profundo en que estaban,
Tírelos de la negrita en cuestión,
Que hace tiempo los hipnotizaban.
Los jugaba abundantemente,
Aguas traídas del cielo,
Pero era tan deprimente,
Se deshacían de papel.
No había base
Que los sostenían de pie,
Pedía a Dios nuevas frases,
Para librarlos de la condición de reo.
Y todo lo que venía a la boca,
Eran términos de salvación,
Para quitarles la cisterna ruta,
Construida en el corazón.
Y por faltarles amor,
En la actualidad,
En el caso de que,
En sus almas vacías.
Siempre fuera así
Y así será.
En el fondo,
El día que la dejé entrar.
Si todos comprendiesen,
La luz de la sabiduría,
No se someterian
A una eternidad sombría.