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Hace varios meses atrás conversaba con mi amigo Mauricio sobre literatura, le dije que quería escribir una pequeña historia pero que no sabía sobre qué. Estábamos sentados en su biblioteca y observó que a mi lado había un diccionario ilustrado Larousse y me dijo: "toma ese diccionario y escoge al azar una palabra y escribe sobre ella", yo me sonreí pero el me miró y me espetó: "es en serio, abre el diccionario, cierra los ojos y con tu dedo busca una palabra y escribe sobre ella". Entonces hice lo que me pedía, abrí grueso y pesado diccionario, cerré los ojos e hice una espiral en el aire con mi índice que descendió y chocó con la palabra Itacate, al leer su origen y significado me gusto mucho. Soy un admirador de la cultura mexicana, de su historia y de su gente. Aprendí algunas cosas escribiendo esta historia y fue de mucho gusto y placer poder hacerlo, y todo producto del azar, o quizás no.
Itacate
ERA el décimo quinto viaje de Suré a la montaña, ese día se levantó más temprano que de costumbre y se preparó para el viaje hacia los altos y fríos bosques del pico Orizaba, su esposa Izel le hizo un atole caliente con una ración de pan y de pulque. La subida a la montaña se hacía tres veces al año para buscar las extrañas plantas que usaba Izel en la preparación de sus brebajes curativos, ella era la curandera del barrio y gozaba de un gran prestigio; diariamente frente a su casa se amontonaban las personas para adquirir sus bebidas milagrosas ya fuese comprándolas o haciendo algún intercambio o trueque. Los lugareños decían que estas medicinas naturales quitaban todo tipo de dolencias y enfermedades: dolores de cabeza, dolores de estómago, dolores de garganta, dolores musculares, diarreas, fiebres, gripes, gonorreas, sífilis, sarampión, popocha (varicela), cirrosis, neumonías y otras más.
Años atrás Izel y Suré subían juntos a la montaña, ella enseñó a su esposo a identificar las plantas, flores y hierbas medicinales así como los lugares donde éstas se encontraban dentro de esa tupida vegetación montañosa, sin embargo, una caída de Izel por un barranco le fracturó su rodilla izquierda y le hizo imposible poder subir terrenos inclinados, ahora solo Suré subía a la montaña.
La preparación de los brebajes era muy minuciosa, Izel tomaba las hierbas y las lavaba en las diáfanas y alcalinas aguas del río Blanco para luego llevarlas a su casa donde tenía una especie de laboratorio al que solo ella, y nadie más que ella, podía entrar; ni siquiera su adorado esposo entraba en esa misteriosa habitación donde Izel fabricaba las medicinas con recetas que solo estaban en su mente y que fueron aprendidas de generación en generación por sus descendientes los indios náhuatl.
—¿Por qué nunca puedo poner un pie en ese lugar? —reclamaba de vez en cuando Suré a su esposa sin mucha autoridad, —lo haré algún día noyollo, pero ya sabes como son estas cosas —respondía Izel con dulzura y después añadía—: Sabes bien que estos jarabes se deben hacer con mucho cuidado, cualquier mínimo error en las mezclas en vez de una medicina haría un veneno que mataría o volvería locas a las personas, y contra eso no hay remedio que yo ni nadie pueda hacer.
Suré era un indígena tarahumara muy trabajador, había llegado desde Chihuahua a las tierras de Veracruz para trabajar la mampostería, arte que había aprendido en la construcción de iglesias, pero sabía que sus ingresos no eran suficientes, su esposa, la curandera, ganaba mucho más que él con sus soluciones curativas, además los intercambios de medicina por comida, animales y muebles los ayudaban mucho a mantener a la familia de cuatro hijos pequeños. Eran un matrimonio, a diferencia de muchos en el barrio, bastante estable, ellos a veces tenían discusiones producto de que Suré se sentía opacado por su mujer, cosa nada común en esos tiempos, sin embargo, Suré era un hombre muy comprensivo, respetaba a su esposa por lo que hacía y que a pesar de ser mujer la consideraba un chamán, además Izel nunca dejaba de hacer sus labores de madre y ama de casa.
En ese lugar secreto de la casa, la curandera sumergía los delicados vegetales en agua caliente y hacía una especie de té de diferentes colores y aromas, sin embargo, todos tenían el mismo sabor agridulce que gustaba tanto a las personas, luego con extremo cuidado mezclaba cantidades de estos líquidos en frascos de vidrio transparente, cada frasco tenía diferentes proporciones de líquidos y cada uno era para una dolencia o enfermedad determinada. Finalmente vertía pequeñas cantidades en envases muy pequeños, este era el producto final que ofrecía Izel a sus desesperados clientes, —presta atención a lo que te voy a decir, debes dejar de comer por doce horas y luego te tomas todo este líquido y te acuestas a dormir y bajo ningún motivo hagas lo contrario, solo puedes tomar agua, y nada más que agua, —decía siempre Izel a sus clientes antes de entregarle la medicina, sujetaba con sus dedos el pequeño frasco y como si tuviera un martillo en la mano movía el frasco frente a sus ojos una y otra vez haciéndolos pestañar, como clavándoles en la mente cada palabra para que no se les olvidara su instrucción o advertencia.

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Aquella mañana, después del desayuno, Suré tomó su cantimplora de guaje, salió de su casa apresurado y miró la montaña de Orizaba, la había visto cientos de veces pero esa mañana le pareció extraña, no era la misma de siempre. Una brisa fría le heló su rostro, frotó las plantas de sus manos con fuerza y se las puso en las mejillas, —hue bajicháhuari ju —exclamó Suré en su lengua nativa haciendo alusión al aire frío del norte y comenzó su periplo a la montaña, avanzó casi dos cuadras cuando escuchó la voz de su mujer que le gritaba—: ¡Suré! ¡Suré!, este dio la vuelta y vio a su esposa que venía corriendo con una mochila, —noyollo te ibas a ir sin tu itacate —exclamó Izel agitada por la carrera—, te hice frijoles picantes como te gustan; se acercaron el uno al otro y chocaron suavemente sus frente, juntaron sus resecos labios y se abrazaron. Suré reinició su marcha hacia la montaña que se erguía en lo alto como esperando, —cuídate mucho noyollo —dijo Izel a media voz con tono preocupante y diciendo adiós con la mano.
Bibliografía
- El Pequeño Larousse Ilustrado - Diccionario Enciclopédico, 1996
- https://www.mexicodesconocido.com.mx
- Escalante Pablo G., et al. Historia mínima de la vida cotidiana en Mexico. 1ra. Ed, Mexico D.F, 2010.
- https://www.maradornetwork.com
- https://www.redmexico.wixsite.com
- Rémi Simeón. Diccionario de la lengua Nahuatl o mexicana. Siglo Veintiuno, Mexico D.F., 19992., pág. 199.
- Hilton K. Simón. Diccionario Tarahumara. Instituto Lingüístico de Verano, Tucson, 1993, pág. 9.