"La nueva normalidad" o la renovación del águila

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"La nueva normalidad" o la renovación del águila

Hola, amigos lectores

En estos días hemos vivido una serie de cambios, los cuales hemos tenido que asumir con valentía, resignación y con la esperanza de que cada uno de ellos sea por el bien de todos. Si hay algo que atemoriza a las personas es el cambio. Somos seres de rutina (en estos días les hablaba de cómo me gusta vivir en ella) anclados en nuestra zona de confort y por ende, cualquier transformación o diferencia en nuestro entorno puede crear en nosotros incertidumbre, vértigo y hasta tristeza. Esta nueva normalidad ha traído estos sentimientos de pérdida en nosotros.


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Generalmente estamos renuentes al cambio porque lo desconocido nos crea pánico, ya que significa que debemos modificar nuestra conducta, nuestra forma de ser y hasta de pensar. Seamos honestos: no nos gusta cambiar. Y muy especialmente cuando creemos que hemos llegado a una edad en la que no podemos darnos el lujo de alterar nuestra personalidad. En ese momento decimos: “Soy así y así he sido siempre”, o “Loro viejo no aprende a hablar”, o el famoso dicho: “Más vale malo conocido, que bueno por conocer”. Frases en la que nos escudamos y en la que se esconde un profundo temor a lo desconocido o a aquello que no hemos vivido.


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Este temor es común en los seres humanos y cada uno de nosotros lo hemos experimentado por lo menos una vez en la vida. Algunos se han atrevido a afrontar los cambios; otros sencillamente han dejado que el miedo los paralice y han permanecido en el mismo sitio, con las mismas personas, con los mismos pensamientos, toda la vida. Es como cuando cruzas la calle y un carro viene hacia a ti y te quedas parado en mitad de la vía, inerte, sin poder moverte. Quieres correr, quitarte del peligro, pero la misma amenaza te intimida.


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Una de las razones por la que nos invade el temor a lo nuevo es porque perdemos el control de la situación. En una oportunidad, recuerdo haber escuchado a mi abuela materna, una anciana que está ciega, que no quería que la sacaran de su casa porque allí sabía dónde estaba cada una de las cosas y en las otras casas no. Para mi abuela, la casa era su zona de confort. Así como lo es la casa para mi abuela, también puede ser para otras personas, el trabajo, una relación de pareja, el país donde viven, una zona de confort de donde no se atreven a salir por miedo a lo desconocido.


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Este miedo al cambio también surge porque nos negamos a equivocarnos. Tenemos la idea errada de que como adultos no podemos cometer errores, de allí que evitemos las cosas que desconocemos, para así tener menos probabilidades de desacertar. Con los años, construimos y vivimos en un cuadrado que nos da cierta estabilidad y seguridad del que no queremos ni nos permitimos salir. Sin que existan dudas, con el tiempo vamos perdiendo fuerza, inspiración y rebeldía.


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Hay una famoso texto que habla del doloroso proceso de transformación que debe vivir un águila para poder seguir viviendo. No solo debe cambiar de espacio y encontrar uno donde esté sola, sino que debe arrancarse el pico, las plumas y las garras para de esta forma conseguir unos años más de vida. El objetivo de este proceso desgarrador es hacer más fuerte al águila, más imponente. No sé si se han fijado, pero hay mucho de crecimiento en el dolor: al mudar su plumaje y transformar su pico y garras, el águila será diferente.


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En nuestras vidas, muchas veces tenemos que resguardarnos por algún tiempo, salirnos de nuestra zona de confort en la que estamos y comenzar un proceso de renovación para continuar un vuelo más alto y más libre. Para esto a veces debemos desprendernos, de manera dolorosa, de costumbres, sentimientos, pensamientos y hasta de personas que no nos dejan crecer, avanzar y nos mantiene detenidos mirando la vida desde abajo o como decía anteriormente: en mitad de la vía sin poder reaccionar.


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Mientras escribo y a propósito de las alturas, pienso en otra historia de águila. La historia dice que cierto día un guerrero indio encontró un huevo en una montaña y lo llevó a su aldea y lo puso entre los huevos de la gallina. Al pasar el tiempo, los pollitos salieron del cascarón y el águila también lo hizo. Con los días, el águila ya cacareaba, comía lombrices y maíz, y escarbaba la tierra. El águila creció, vivió y murió como una gallina, no como un águila. Y es que a veces es allí donde está el problema. Somos criados de una forma y no somos capaces de ver nuestra propia naturaleza ni ir más allá de las cosas que nos imponen. El temor al cambio, a ver hacia arriba, a ser diferentes a lo que nos dicen que somos, nos paraliza.


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En una oportunidad leí por ahí que “En esta vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra.” Estamos diariamente en un constante cambio (físico, mental, laboral, amoroso), lo que significa que estamos evolucionando, en movimiento. El hecho de que nos enfrentemos a cosas nuevas, como la pandemia que vivimos en estos días, debe ser visto como un reto, la oportunidad de avanzar y dar lo mejor de nosotros. Bienvenidos sean los cambios a nuestras vidas.


Espero que les haya gustado la lectura de este post. Hasta una próxima oportunidad, amigos.

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

https://www.misterica.net/aguila/

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