Hasta nunca | Escritos de un alma desolada

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No sé en qué momento dejaste de interesarte por mí, los cambios en ti fueron muy lentos, te transformabas poco a poco en algo que mis ojos no estaban preparados para asimilar. Te justificaba en mi mente diciendo que era el cansancio, la universidad, tus problemas familiares, hasta llegué a pensar que solo estaba exagerando, que tal cambio no se estaba produciendo, no era más que una ilusión causada por el exceso de afecto. Inocente, crédulo, idiota, fui todo eso y más, tanto miedo le tenía al cambio que me aferraba a la idealización que tenía de ti, sin importar que tu frialdad cristalizara mi piel haciendo que se cayera en pedazos, tan frágil como las alas de una mariposa.

Trato de recordar y no encuentro el momento exacto de mi ruina, podría decir que hubo muchos, siendo honesto conmigo mismo. Cada vez que llegabas te esperaba con los brazos abiertos y un te extraño en mis labios, tú solo decías que sabías que yo siempre te extrañaba y con una delicada caricia en mi mejilla congelabas mi corazón con cada latido de tu compañía, porque a pesar de que mi existencia solo se basaba en esperar a que regresaras, durante tu ausencia estaba bien aunque estuviera esperando un nuevo corte en una nueva vena que, a pesar de no ser decisivo, me acercaría un paso más a mi final. Cuando volvías se reanudaba mi tormento, tu voz en mi cabeza suplantaba a la mía, mi libertad estaba enjaulada, con las alas rotas y sin poder alzar su pico para tomar agua. Me convertía en otra pieza del mobiliario que adornaba tu existencia, a veces ni objeto, ni sombra, era el polvo que con delicadeza limpiabas de tus libros cuando volvías a ellos para consultar una nota.

Comencé a odiarte en el momento que me hiciste saber que mi sufrimiento carecía de relevancia, por lo que debía reprimirlo y hacértelo saber lo menos posible. Ese día dejé de ser polvo y me convertí en sombra, objeto, arcilla, cemento, hueso, sangre, piel, persona. Ese día hablé por todo el tiempo que nunca lo había hecho y te dejé en claro que tenía derecho a sufrir, a expresarlo, que nadie, ni siquiera tú ibas a lograr que me sintiera miserable por ser humano. Hiciste silencio por primera vez, un silencio verdadero, antes podías callar pero hablabas con cada moviendo de tus dedos sobre el papel; nunca más tu voz volvió a tener la fuerza y la solidez que tenía antes. Mi existencia volvía a mi poder, tuve que aprender a saber lo que eso significaba.

Mi amor y mi odio hacia ti se tomaban de la mano todos los días, se daban los buenos dias y las buenas noches, eran dos espejos reflejando al otro, solo ellos sabían lo que contenían. Mi amor hacia ti se fue haciendo más débil y el odio con una facilidad que a pesar de ser delicada no dejaba de ser decisiva, tomó control sobre él desterrándolo a las sombras. El amor solo crece y se mantiene fuerte si se alimenta, si se le nutre, pero hacía mucho tiempo que solo mis lágrimas lo mantenían con vida, en el momento que dejaron de fluir se marchitó y no volvió a florecer jamás, sus raíces dejaron de existir. Pero nada de eso fue suficiente para aceptar que te irías y no volverías jamás.

Ni siquiera un cirujano tiene la precisión que tuviste al cortar toda unión conmigo. Hiciste trizas el cristal de mi pecera y me dejaste sangrando luchando por sobrevivir. Hubo momentos donde creí morir de verdad, donde ni siquiera podía escuchar el latido de mi corazón y la oscuridad era tan sólida que no podía respirar. El proceso de sanación fue más difícil de lo que cualquiera podría esperar, sobreviví a eso, sobreviví a ti, sobreviví a mí mismo, ya no hay nada que no pueda soportar sin salir más fuerte que antes. Intenté volver a contactar contigo meses después, pero no fue posible, te convertiste en un abismo que tan solo absorbía vida mas no daba señales de una, comenzaste a ignorar mi presencia y evadías cualquier tipo de situación que te obligara a cruzar palabras conmigo. Una gran tristeza me invadió, es la misma tristeza que siento cada vez que pienso en ti y me pregunto cómo estarás ahora. No me siento triste porque te extrañe o porque quiera volver a formar parte de tu vida, no, me siento triste porque no puedo imaginar que tan solo te debes sentir, que tan solo debes estar, y la magnitud del autoengaño en el que vives. La tristeza se va y le da paso a la lástima y a la pena, no se puede obligar a las personas a recibir ayuda si no lo quieren, y es algo muy bien sabido que odias lo débil que eres, así que te esfuerzas por parecer de mármol, cuando no eres más fuerte que una hoja de papel mojada.

Hace poco expresaste públicamente que tu pareja te había dejado, y no pude evitar alegrarme porque ahora tú sufrías lo que me habías hecho sufrir a mí. Está mal, lo sé, pero disfruto imaginarte llorando desconsolado, débil, patético, sintiéndote inútil e inservible. La piedad y la empatía no es algo que mereces, así que nunca la vas a recibir de mi parte. Por un error me dejaste saber que buscabas consuelo en nuestras viejas conversaciones, dónde aún te decía que te amaba y tú respondías que me amabas de vuelta. No imaginas la cantidad de lágrimas causadas por la risa que derramé ese día, el aire nunca se había sentido tan fresco.

Esto lo escribo como cierre, pues nunca tuvimos uno como era debido, te fuiste sin decir adiós y ahora ya no necesito que lo digas, pues lo digo yo y no me hace falta nada más. Te amé, te odié, ya no más, te perdono porque lo necesito, pero a partir de ahora cierro la puerta y te dejo en el olvido, después de todo las cosas necesitan un nombre para poder ser verdaderas, y nunca supe el tuyo.

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Tiempo sin leerte, bro.
Me gustó. Saludos.