Relato: En una noche de invierno

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Londres, 1892.

Era una noche de invierno. La nieve cubría las calles de la capital del Imperio; en el aire se respiraba un ambiente festivo. Pronto terminaría el año, en tres días para ser precisos.

Anne Wentworth estaba de pie bajo una luminaria pública cerca de Carter Street. Con una gruesa y sencilla caperuza roja que cubría sus elegantes vestidos, la joven de 27 años buscaba con la mirada a su amado.

En su carta, Percy Dwinstore la citó en ese punto exacto a las 8 de la noche. Tenía unas palabras qué decirle con respecto a un asunto importante. Anne pensaba que podría tratarse de su viaje al África, un sueño que tenía desde niño y del cual ella era partícipe.

Quizás le pediría matrimonio; quizás se casarían en secreto, debido a la posible oposición que tendrían por ser de distintas clases sociales. O quizás él terminaría con ella por el bien de ambos.

Anne cerró los ojos, intentando contener sus lágrimas. Lo que menos quería era casarse con alguien que no conocía de nada. Alguien como Lucius Rosedale, un adinerado abogado con quien su padre estaba ansioso de casarla. Un hombre insensible, frío, muy serio y rígido obsesionado con mantener las apariencias. Un hombre que no la amaba ni la odiaba, que solo la veía útil para sus propósitos, los mismos que toda la sociedad esperaba respecto a su sexo.

No. Ese matrimonio arreglado sería su muerte en vida. En su mente se imaginaba todos los escenarios posibles: ella estaría en casa mientras que él recurría a los burdeles para saciar esa pasión natural considerada pecaminosa ante los ojos de los pastores. Ella cargaría con toda clase de culpas mientras que él, libre como una mariposa, recibiría unas palmaditas en la espalda como si su pecado fuera mínimo.

Percy no haría cosa semejante. Nunca la traicionaría. Lo podía sentir en sus besos, lo podía ver en sus ojos, en la calidez de su rostro...

"Anne", escuchó que la llamaran.

Levantó la mirada. Percy estaba frente a ella, con su traje sencillo. En su mano traía una flor escarlata.

En un impulso, la joven corrió hacia él y lo abrazó con toda la fuerza del mundo, como si temiera que la abandonara. Percy correspondió el abrazo con toda la pasión que salía del corazón y del alma.

Separándose tras darse un beso casto, ambos intercambiaron palabras. El corazón de Anne se apretujó cuando Percy le comunicó que se marcharía a África a buscar fortuna. Ella de inmediato le dijo que iría con él, que no le interesaba lo que dijera la gente. Percy le dijo que no quería que la gente la juzgara, pero Anne, decidida, le dijo que se marcharía con él el día y la hora indicados.

Percy estaba conmovido por la decisión de Anne. Eran sentimientos honestos, puros, sin malicia los que salían del corazón de aquella dama, un tesoro que pocos sabrían atesorarlo tanto como él. Sin embargo, tenía que ver la realidad: Anne sufriría más estando con él que permaneciendo en Londres. Y no era por las penurias económicas, sino porque a él le quedaba poco tiempo de vida.

¿Debería decirle la verdad o callar para siempre?, ¿debería convencerla de que lo mejor para ella fuera no atarse a un hombre moribundo o dejar que las cosas fluyesen naturalmente? Era una eterna lucha que no lo dejaba dormir.

Su corazón le decía que era mejor evitarle el sufrimiento; su conciencia le pedía honestidad. Esta última, al parecer, ganó mayor peso conforme abrazaba a Anne.

Y al final, con toda la franqueza, se lo dijo todo.

Anne lloró en silencio, uniendo en repetidas ocasiones su frente con la de él. Su corazón se hizo pedazos cuando supuso que su felicidad sería corta, que la muerte vendría por él hoy, mañana o el mes siguiente; sin embargo, estaba decidida a no echarse para atrás. No repetiría el error de su bisabuela, cuya historia la inmortalizó una querida amiga suya de la infancia hace décadas.

Mirándole a los ojos, Anne le dijo: "Me iré contigo. Nos marchamos juntos. Nuestra felicidad será corta, pero será la mejor dicha de nuestras vidas".

Percy se limitó a sonreír con tristeza. Acariciando el rostro de Anne, murmuró: "Mi dulce Anne... Mi querida y dulce Anne. Eres valiente, fuerte... ¿Por qué Dios decide quitarme la vida justo en la plenitud de la vida?"

"No lo sé... Jamás lo sabremos si nos quedamos aquí varados, en medio de la calle. ¿Tienes hambre? Creo que estamos cerca del lugar donde solemos ir a comer. Con Hastings, creo".

Ambos rieron quedamente. Mientras tanto, la nieve empezaba a caer y la gente caminaba presurosa con grandes cajas de comida y bebida. Caminando por las calles, Anne y Percy reflexionaban sobre lo que deparaba en sus vidas una vez que dejaran atrás todo.

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Fuente de la imagen: Pexels


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Ey, que buen relato. Mantiene el hilo argumental y es muy atractivo de principio a fin.

Excelente trabajo amiga

¡Muchas gracias, @ismaelrd04 ! Me da gusto saber que haya sido de tu agrado el relato. ¡Un saludo!