
Apenas habían pasado dos horas, ya estaba cubierto en sudor, la banca era incómoda y las luces demasiado brillantes para mi gusto, pero bueno no estaba ahí por gusto, estaba trabajando. Por supuesto, si se le puede decir trabajo a esto. Después de trabajar cuarenta años montando bloques y batiendo mortero, estar cuidando una puerta cerrada, no para nada cansado. Sin embargo dos horas habían bastado para acabar con mi paciencia.
La instruccion era simple y precisa:
"Si la puerta se abre, oprime el botón rojo y corre lo más rápido que puedas"
Tres horas, cuatro horas y la puerta no se abría. Estaba completamente agotado y no estaba haciendo nada. Al fin mi turno se acabó, me fuí a casa, tome un baño y trate de dormir, pero estaba demasiado estresado. Al fin pude dormir un poco, al día siguiente mi horrible trabajo me estaría esperando.
Historia corta y pintura