Cuartel número VII

in Top Family20 days ago

El Comandante Ricardo "Pipa" González no era un hombre de grandes discursos, sino de grandes silencios. Y esa noche, el silencio en el cuartel era casi tan denso como el humo que habían dejado atrás hacía apenas una hora.


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Estaba de pie junto al costado abierto del camión autobomba, el "Rojo 3", con esa luz amarillenta y cruda del garaje bañándolo. Su uniforme azul marino, empapado de sudor y salpicado de tizne, olía a madera quemada y a la adrenalina que aún no terminaba de bajar. En sus manos sostenía esa vieja y pesada válvula de control de chorro de latón, brillante y dorada, que era como una extensión de su brazo.

La mirada de Ricardo se perdía en el reflejo de la herramienta. No estaba pensando en el fuego; el fuego era el trabajo, la rutina. Estaba pensando en la niña del peluche verde que había rescatado del incendio de la panadería de la esquina. La pequeña lo había abrazado con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en su pecho, y él había sentido una punzada que no tenía nada que ver con el calor.

Uno de los reclutas, un muchacho llamado Ramiro, se acercó con cautela, trayendo una cantimplora.

—Comandante, tome un poco de agua. Se ve... agotado —dijo Ramiro con respeto.

Ricardo giró la cabeza, su bigote espeso y bien cuidado se movió ligeramente.

—Estoy bien, Ramiro. Solo... pensando —respondió, y el sonido de su voz era grave, como el de un trueno lejano.

Ramiro se atrevió a preguntar, señalando la válvula dorada: —¿Y esa pieza, Comandante? ¿Por qué siempre la limpia usted mismo después de cada llamada?
Ricardo miró la herramienta con una ternura inesperada.

—Esta... esta era de mi padre. Él fue bombero en el ’70. Una vez, me dijo que el truco con el fuego no es apagarlo, es controlarlo. Y esta boquilla es el control —hizo una pausa, y su mirada se suavizó—. Y cada vez que la limpio, recuerdo que lo que sacamos de las llamas es más importante que lo que dejamos.
Le entregó la boquilla a Ramiro. —Llévala al depósito. Pero despacio. Mañana la pulimos.

Mientras Ramiro se iba, Ricardo tomó la cantimplora y bebió un largo trago. El agua estaba fría. Se ajustó la gorra negra y miró el interior del camión, lleno de mangueras enrolladas y herramientas. Otro día terminado. Otro silencio en el cuartel, esperando el próximo rugido. Pero esta vez, el silencio tenía el eco del abrazo de una niña y el brillo del latón pulido. Era un buen silencio.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

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