René salió del trabajo sintiendo el cansancio habitual de un miércoles a media tarde. Lo único que quería era llegar a casa, quitarse el traje y hundirse en el sofá. Caminó hacia donde había dejado su fiel Ford Fiesta negro, el "Negrito", aparcado en la calle, justo al lado del cordón sucio.
Mientras se acercaba, frunció el ceño. ¿Qué demonios es eso?

El Negrito no estaba solo sucio de la lluvia y el barro de la calle, como era costumbre. Estaba salpicado. No, peor. Estaba chispeado con gotas blancas y de un color claro por todo el capó, el parabrisas, el techo y la puerta del conductor. Parecía que el coche había corrido una carrera a través de una tormenta de confeti sólido, solo que este confeti era pintura seca.
René se acercó, la mano en la cabeza. Llevaba aparcado ahí unas cinco horas, desde que empezó su turno. Revisó la zona: no había obras en la vereda, ni andamios, ni camiones de mudanza. Solo el edificio antiguo de enfrente, con sus balcones de hierro.

Maldita sea, pensó, sintiendo el ardor de la frustración. ¿Una tubería rota? ¿Algún pintor descuidado trabajando en un balcón de arriba, tirando el rodillo?
Se subió, miró a través del parabrisas manchado y suspiró. Encendió el motor. Mientras se alejaba lentamente, observó en el espejo retrovisor que las gotas de pintura ya se habían secado completamente. Mañana tendría que buscar el lavadero de autos con mejor reputación de la zona.
"Tranquilo, Negrito," murmuró René, golpeando suavemente el volante. "Nos hicieron una gracia de mal gusto hoy. Pero vamos a solucionar esto."
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

