Felicidad Relativa — Minicuento Parte I

in #spanish5 months ago (edited)

Felicidad Relativa:

Parte I

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Isla era la hija perfecta.

No perfecta; fantástica. Era obediente, carismática, amorosa e intuitiva. Todos hablaban de ella por su buena crianza y sus costumbres de princesa.

Isla trazaba en linea recta su camino al éxito: ella quería ser reportera, pero también soñaba con todo lo que sus padres decían que era el paquete completo a la felicidad.

Carrera exitosa, esposo perfecto, hijos hermosos y una casa bonita.

Ella lo soñó, planificó y alcanzó. Sin embargo, Isla no era feliz.

Su vida no era mala, era tranquila. Su esposo, Guzmán Carter, fue el mejor prospecto de pareja con el que pudo soñar. Pero más tarde que temprano entendió lo absurdo que implicaba casarse por aquello que idealizas y no por amor y cosas cursis.

Se había fijado en su porte, en su carácter firme, su inteligencia y lo maravilloso que se llevaba con su padre. Él era lo que había aprendido que era bueno, mas no lo que soñó con tener. Lo quería, después de todo, era el padre de Edric y el hombre que había estado a su lado siempre, pero a veces era imposible recordar cómo acabo con el científico loco más quisquilloso del planeta.

No entendía cómo no lograba ser feliz si tenía todo por lo que siempre luchó. Luego, terminó por darse cuenta de que ella nunca planeó su futuro realmente.

Hasta ese momento, Isla siempre escuchó y obedeció atentamente todo lo que aquellas imponentes figuras le decían que estaba bien para ella sin preguntarse a solas si eso era lo que al final del día la haría realmente feliz.

Darse cuenta de aquel abrumador detalle la hizo sentirse asfixiada prontamente: la casa perfecta, el esposo perfecto, el hijo perfecto, todo se sentía surrealista y ajeno. Comenzó a sentirse malagradecida.

Guzmán no era idiota, él sabía quién era su esposa.—Y la mujer arisca y evasiva que dormía a su lado era como una impostora.—

Ellos no tenían una historia de telenovela. En sus vidas, el chico tímido perdidamente enamorado de la chica linda y popular del colegio no existía.

Guzmán nunca percibió a Isla hasta que ella se tropezó en su camino y, desde entonces, siguió tropezando en su vida.

Ella siempre lo persiguió a él, pues Isla iba sin detenerse tras lo que reconocía como un nuevo objetivo. Guzmán solo se dejó encontrar y ceder —y, antes de darse cuenta, se encontraba cenando en casa de los padres de la chica con la que nunca se interesó en hablar—.

Siendo justos, Guzmán nunca se interesaba en hablar con nadie. Él, por otro lado, siempre tuvo claro lo que quería para ser feliz; la química. Isla y Edric solo eran un plus, una extensión de su buena suerte, pues consideraba que los hombres como él siempre debían elegir entre cosa y la otra.

¿No estarás para la hora de la cena?—la voz casina y resignada de Guzmán sonó al otro extremo del auricular. Había estado tratando de planear una cena con su esposa durante dos semanas, pero ella parecía evadirlo como al ébola.

La garganta de Isla se cerró. Tuvo que respirar fuertemente antes de poder entreabrir los labios.

—Lo siento, Guzmán. —Se excusó.— La chica del turno nocturno tiene incapacidad laboral, me pidieron cubrirla esta noche.

Ella no pudo verlo, pero Guzmán había anotado su pobre pretexto en la lista —junto con el otro cientos de ellos—. Soltó el bolígrafo en la mesa del laboratorio y la levantó para apreciarla:

Cena con los productores.

Entrevista internacional.

Ensayo general de un evento importante.

Pasantes nuevos en el canal.

Y ahora:

Suplencia por incapacidad laboral.

Todo en menos de quince días.

—Entiendo.—dijo, pero en realidad no lo hacía: él intuía qué sucedía con su esposa a pesar de querer ignorarlo. La lista volvió a reposar en la superficie de la mesa y sujetó el tabique de su cara entre sus dedos.

El otro extremo de la línea quedó en silencio.

Isla sintió alivio:—Bueno, entonces creo que ya debo irme y...

Guzmán sintió un arrebato de ira brotar de su pecho, miró la fotografía familiar que con tanto cuidado había colocado en aquel desordenado laboratorio y los ojos de su esposa encontraron los suyos. La amaba, pero si ella no iba a ponerle fácil las cosas entonces tendría que ser de esa forma.

Nunca alejó su vista de aquella Isla impresa.

¿Isla?—Susurró.

Ella estaba a punto de colgar cuando su nombre hizo vibrar el celular en sus dedos, aquello produjo una intención negativa en su mente. Entrañada, acercó nuevamente el aparato a su oído. La respiración de Guzmán sonaba fuerte y clara.

—¿Si, cariño?

Quiero el divorcio.

¿Qué?

—¿Guzm-án?— no entendía por qué aquello se había sentido como un golpe en el estómago, pero el aire había abandonado sus pulmones en un momento y el pulso se sintió tan elevado que tuvo que tomar asiento.

Él había colgado el teléfono.

Aquello era lo mejor para ambos, así él dejaría de engañarse y ella podría vivir en paz la aventura que Guzmán aseguraba que estaba teniendo.

Isla trató inútilmente de volver a marcar el número de su esposo, pero su dedo no tuvo el valor de comenzar; no entendí lo que estaba pasando por la mente de Guzmán.Pero en aquel punto, también había reconocido que no entendí lo que pasaba justo ahora por la suya.

¿Acaso había dejado de amarla? ¿Acaso había estado sintiendo lo que ella sentía?

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