Las primeras gotas empezaron a caer un martes, cuando el sol apenas había logrado abrirse paso entre las nubes. Nadie le dio mucha importancia. "Un chaparrón más", pensaban los porteños mientras apuraban el paso por las veredas ya húmedas. Pero para la noche, el viento empezó a rugir y la lluvia se convirtió en un aguacero furioso.

El miércoles amaneció sin tregua. A esta altura, los colectivos navegaban más que circulaban, y los negocios miraban con resignación el agua que les empezaba a ganar el terreno. Los vecinos sacaban los baldes, como quien enfrenta a un monstruo con una cacerola. La radio no paraba de repetir que había calles anegadas, cortes de luz, zonas bajo agua. A nadie le sorprendía. Lo de siempre.
El jueves, la ciudad ya no era ciudad. Era un río. Lo que antes eran plazas ahora parecían lagunas. Autos semisumergidos decoraban las esquinas como esculturas abandonadas. En los barrios más golpeados, la gente se organizaba como podía.
"Aguantamos lo que venga", decía Doña Marta, la almacenera que no cerraba ni con el agua al cuello. Los vecinos movían muebles, rescataban mascotas, trataban de encontrarle lógica al desastre.
Tres días de lluvia habían bastado para mostrar lo frágil que podía ser todo. No era solo cuestión de tormentas, era cuestión de estar preparados, de no repetir los mismos errores. Pero como siempre, en cuanto el agua se fue y el sol volvió a asomarse, la ciudad hizo lo que mejor sabe hacer: seguir adelante como si nada.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

