Frente a él, el horizonte.
Remaba.
Su cuerpo era un manojo de músculos salados; la frente, un espejo rojizo bajo el sol; los ojos, dos abismos negros clavados en la línea donde el cielo se raja.
Y de su pecho, entre jadeos profundos y discordantes, se escapaba un chirrido agudo.
Un axioma de acero.
Un tentáculo viscoso que avanzaba..

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