Buenas queridos amigos, quiero compartiles una anécdota que me sucedió cuando era maestro primario en las montañas holguineras espero que les guste, bendiciones.
El caballo y el pilón
A la tercera semana en La Esperanza, Yane Adrian entendió que no podía seguir siendo un maestro de ciudad disfrazado de montañés. Los niños lo miraban con respeto, sí, pero también con algo peor que la burla: con lástima.
—No sabe montar —susurró Ramón una tarde, sin malicia, mientras Yane Adrian intentaba subir a una yegua color canela llamada Lucera.
El animal lo había mirado con un ojo enorme y paciente, como si ya supiera lo que iba a pasar. Y pasó: Yane Adrian puso el pie izquierdo en el estribo, se impulsó, y la yegua giró la cabeza justo cuando él iba a caer sobre la silla. Terminó en el suelo, con el trasero en el barro y la dignidad hecha trizas.
Doña Carmen, que observaba desde la puerta de su cocina, soltó una risa seca.
—Primera regla, muchacho: el caballo huele el miedo. Usted llegó temblando desde la vereda.
—No temblaba —mintió él, incorporándose.
—Temblaba. Y la yegua lo sabe. Venga, le voy a enseñar.
No fue una clase sencilla. Doña Carmen lo subió a Lucera como si fuera un costal de papa: sin contemplaciones, con órdenes cortas y un tono que no admitía réplicas.
—Los talones hacia abajo. El espinazo derecho, pero no tieso. Las riendas suaves, que al animal no le gusta que lo mangoneen. Y sobre todo: no grite. El caballo no es sordo, es desconfiado.
Dieron dos vueltas completas al potrero. La primera, Yane Adrian iba agarrado de la crin como un náufrago a un tabla. La segunda, soltó una mano. La tercera, se atrevió a apretar suavemente los talones y Lucera trotó. Fueron apenas diez metros, pero él sintió una alegría tan pura que se le escapó una risa tonta.
—Ya va mejor —dijo Ramón, que caminaba al lado—. Pero todavía parece una maleta mal amarrada.
El golpe de humildad le vino bien. Esa noche, cuando Doña Carmen lo invitó a su cocina, Yane Adrian aceptó sin saber que lo esperaba la segunda lección.
—Si va a vivir aquí —dijo ella, señalando un pilón de madera casi tan viejo como ella—, tiene que aprender a pilar café.
El pilón era enorme. Un tronco de guayacán ahuecado, gastado por los años, con una mancha negra en el fondo que era el resumen de miles de madrugadas. La mano de pilón pesaba como un pecado.
—Ponga los granos tostados —ordenó Doña Carmen.
Él echó un puñado. Crujieron al caer.
—Ahora pílelos. Pero pilé bien, que el café no es un enemigo. Es un compañero.
Yane Adrian levantó la mano. Dejó caer el golpe. El ruido fue sordo, desigual. Otro golpe. Otro. Los granos saltaban fuera del pilón como granos de maíz reventando.
—Más despacio —dijo ella—. No es un martillo. Es un ritmo. ¿Nunca ha bailado?
—Poco.
—Pues baile ahora. Conózcalo.
Doña Carmen se sentó en un taburete de cuero y comenzó a tararear una canción que Yane Adrian no reconoció. Era lenta. Casi un susurro. Y él, sin saber por qué, empezó a pilar al compás.
Golpe. Pausa. Golpe.
La mano subía y bajaba como un péndulo. El ruido dejó de ser seco para volverse hueco, rítmico, casi musical. Los granos comenzaron a romperse. El olor a café tostado llenó la cocina. Era un olor oscuro, denso, que se metía en la nariz y no se iba.
—Así —dijo Doña Carmen—. Ya va entendiendo.
Pilaron juntos durante media hora. Cuando terminaron, el polvo de café era fino como arena. Ella lo pasó por un colador de tela, lo echó en una jarra de barro y le sirvió agua hirviendo.
—Tome —dijo—. Este es el suyo.
Yane Adrian bebió. Era el café más fuerte que había probado en su vida. Amargo. Caliente. Con cuerpo. Le quemó la lengua y luego le calentó el pecho.
—¿Qué le parece? —preguntó ella.
—Que nunca había tomado café de verdad —respondió él.
Doña Carmen sonrió. Era la primera vez que Yane Adrian la veía sonreír de verdad. Tenía los dientes manchados de tabaco y los ojos llenos de una luz que no era ternura. Era otra cosa. Era aprobación.
—Maestro —dijo ella, llamándolo así por primera vez—, si aprende a montar y a pilar, igual y hasta aprende a quedarse.
Esa noche, mientras se acostaba con los músculos de los brazos ardiendo y el olor a café pegado en las manos, Yane Adrian pensó en Darío.
¿Habría aprendido él también? ¿Habría sido aceptado? ¿O se fue antes de que la montaña le enseñara algo que ningún libro contiene?
No lo sabía. Pero por primera vez en tres semanas, sintió que La Esperanza no era un castigo. Era una escuela.
Y él, a sus 24 años, era el alumno más torpe que había tenido.
Pero estaba aprendiendo.
Afuera, Lucera relinchó en la oscuridad. Yane Adrian sonrió.
Mañana iba a caerse otra vez. Lo sabía. Pero también iba a levantarse.
Porque eso, pensó, también era parte del oficio.
No el de maestro.
El de quedarse.
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