
Sénsico entre arqueros
En un bosque de hojas castañas repica un estruendo que estremece el suelo y hace todos los animalillos salgan corriendo..

—¡Si esto es un sueño, que alguien me pellisque!
Muy contentas al llamado atendieron las abejas del bosque. Sénsico echó a correr, no sin antes varias picadas en el culo aborrecer. Todo acabó cuando se zambulló en una lagunilla.
Uy, qué fresca está el agua después de 21 días.—Clamaba Sénsico en culposo regocijo.
Fuera del agua y casi seco, Sénsico frunció el ceño al ver a lo lejos una figura femenina en el suelo. Era extraño. Parecía como si el bosque entero la guardara: por su cabello ensortijado, los capullos afloraban y por su rostro límpido, las hojas se doraban.

Tembló de nuevo y su contemplación se sacudió. Esta vez él estaba bien despierto, pero una intensa luz plateada le acometió. A los pocos segundos pudo relajar sus agarrotados ojos y quedó boquiabierto detallando a aquel risueño niñito volador que había aparecido.
—Me llamo Cupido y te apuesto que algo como esto jamás habías vivido.
La sorpresa de Sénsico creció tanto como él mismo al levantarse. Sin embargo, calmó y se sacudió el polvo de sus desgastados pantalones y miró al chiquillo volador ahora por debajo del hombro. A su menosprecio sólo agregó:
—¡Qué pájaros tan extraños hay por aquí!
Cupido enardeció. A punto estuvo de explotar como volcán, pero detuvo su furia y voló hacia Sénsico, poniéndosele en frente.

Espera, espera—dijo muy apurado Cupido. ¿Aquella es tu enamorada?
La acabo de ver y sólo quiero saber qué le pasó.—Soltó Sénsico encogido de hombros.
A mí no me engañas—respondió entre risitas, Cupido. En tu corazón ella es la nueva, la más linda, la más aclamada. Aquí te enseño mis flechas doradas. Resulta que con estas estará siempre enamorada.
Como se ruborizaba Cupido y sus alitas rápido batía, Sénsico a penas dijo:
—¿La quieres enamorar? Uy, ¿no está usted muy pichón para esas cosas?
No, atontado me refería a ti. ¿Acaso no la quieres socorrer y conquistar haciendo la de héroe?—preguntó muy pícaro levantando cejas Cupido.
Ya te dije que sólo pretendo ayudarla.—refunfuñó Sénsico.
Gracias a esto Cupido en un instante puso mala cara y terminó de brazos cruzados. Mientras, Sénsico librado del embrollo, andó con rapidez hacia la mujer que el bosque arrullaba.

Sénsico iba tan suelto, que silbaba con mucha alegría, pero la música paró. Pues, en uno de esos pasos, lo tomaron por el hombro. Él volteó con furia creyendo era Cupido de nuevo, pero en su lugar estaba un hombre de atuendo verde y piel algo tostada.
Ve por dónde pisas, muchacho.—Advirtió este extraño hombre. Casi quiebras esa brillante flecha.
Sénsico confundido por las palabras del hombre que estaba de verde, miró al suelo y ¡vaya! Sí que reposaba una flecha brillante entre las hojas.
¿Quién eres tú? ¿Cómo llegaste aquí?—interrogó firme Sénsico al de verde.
—¿Cómo no me has de conocer? Soy Robin Hood. Los ricos me detestan y los pobres me han de enaltecer. Y, no vengo de ningún lado. Debes ser tú el extranjero en este bosque.

Hm, ya veo. Robin, ¿no crees que estás muy viejo para jugar al guardabosques?—preguntó con una ancha sonrisa Sénsico.
Jovenzuelo, de verdad ni adivinas quién soy. Tendré que presentarme mejor—replicó enérgico Robin Hood.
Pero antes de que Robin Hood moviera los labios, Sénsico lo interrumpió haciéndole un ademán de alto.
Lo siento, pero llevo prisa. Creo que esa dama necesita ayuda ahora.—Comentó Sénsico, señalando a la consentida del bosque.
Robin Hood echó un vistazo hacia donde reposaba aquella joven y negando con la cabeza, le indicó:
—Quien en verdad necesita de ti son los hambrientos detrás de las montañas. Toma mi sagrado arco y recoge la flecha brillante. ¡Anda, anda, acéstale a esa rama cargada de frutos maduros de allá!
Justo cuando Sénsico iba a responder, su estomago muy fuerte resonó, tanto que pareció que todo el bosque se calló.
Creo no hay más hambriento que yo—declaró seguro Sénsico después de una gran carcajada y continuar su marcha.
Robin Hood, pese a esto, lo detuvo otra vez:
—¿Para qué insistes? Si ella está dormida, déjala descansar. Si ha fallecido, deja su alma reposar.
Sénsico se paralizó con lo dicho. Sólo sus ojos se movían. Tímidamente entre Robin Hood y la dama, iban y venían.

A poco de quedar Sénsico sin uñas, se escuchó un fugaz, pero fuerte movimiento entre los árboles colorados. ¿Sería un monito o un mango gigante a punto de caer? No, era una chica pelirroja que, colgada bocabajo, se empezaba a mecer. Como su cabello se confundía con el paisaje, ella tuvo que silbar varias veces. Satisfecha porque al fin Sénsico la localizaba, dijo indignada:
—Casi te lanzo unos lentes para hacerte el favor.
Robin Hood temió un asalto endulzando por la belleza de esta chica y se puso delante de Sénsico con arco tensado.
Entonces la pelirroja rápido se balanceó e hizo una pirueta para terminar cayendo como la mejor gimnasta lo haría. A penas caía, las hojas se levantaron como confeti para iluminar su entrada.
Yo soy Mérida, la más grande arquera de estas agraciadas tierras. Si no me creen, sólo necesitan tener suficiente valor para verlo—exclamó la joven de llameante melena antes de tumbar una veintena de frutas con una sola flecha.

Sénsico, impresionado por Mérida y su talento, apartó a Robin Hood de su camino. Él muy intrigado por tal demostración, preguntó:
—¿Tanto practicas que no te da para peinarte, eh? No, qué barbara. Ya tienes un nuevo seguidor, sólo me falta un buen acondicionador.
Recibiendo con orgullo las palabras y aplauso sincero de Sénsico, Mérida tomó postura de mandamás y vociferó como sigue:
—Gracias, noble forastero. Ahora escucha mis palabras con valentía y atención: ninguno de estos canallas puede hacerte de su sumisión. Tu destino no puede ser interrumpido por alguien que de repente aparente ser tu mejor amigo. Ve y sigue a tu corazón. Es hora de conquistar todas estas tierras. Si, señor.
Escuchando este grito de guerra. Sénsico guardo silencio por un instante. Después de ver a todos los arqueros impacientes por su palabra final, en un pestañeo fijó sus ojos en Mérida antes de decir:
—Como que todos necesitan vacaciones, ¿no? Gracias por su ofertas, pero mi objetivo es otro.
¿Acaso te atemoriza tu destino, forastero?—inquirió brava Mérida a Sénsico.
Si tú me aconsejas no detener mi voluntad por alguien recién aparecido, entonces no debo hacerte caso a ti tampoco.—Respondió con soltura Sénsico. Yo no necesito conquistar un corazón, unos frutos ni unas tierras; apunten sus flechas hacia otra parte.
Esta respuesta fue todo lo que hizo falta para que Cupido lejos volara y Robin Hood entre abundantes matorrales se esfumara. Mérida observó esto, pero no les imitó. Ella, haciendo escuchar sus aplausos por todo el bosque, felicitaba muy contenta a Sénsico. Como lo viera caminar rápido hacia la joven consentida, Merida advirtió:
—Cuidado, forastero, que si te le acercas, los árboles te adormecen.
¡Eres bien manipuladora! Ya es muy tarde para frenarme.—Contestó seguro de sí Sénsico.
Mérida guardó sus palabras y sacó su arco para demostrar lo que podría pasar. Entonces una flecha encendida en determinación pasó silbándole un oído a Sénsico antes de desfilar entre varios árboles sin llegar a clavarse en ninguno. ¿Y qué fue lo que sucedió? Todos los árboles que sintieron su recorrido soltaron , cual estornudo, un polvillo amarillento y de cierta fragancia acaramelada.
—Eso que ves es la soñantina. Es la sustancia que rocían los árboles aquí para dormir a las personas que frecuentan este bosque. Esto es porque entre más ronquidos escuchan, más crecen—dijo muy concentrada Mérida. Además, la gente al despertar, no sabe cómo ni cuándo llegó al bosque.
Ahora todo tiene sentido, pero creo que si sigo aquí me voy a terminar de volver loco.—respondió con la mano en la barbilla, Sénsico.
Aguanta un poco más.—Sugirió Mérida. Hay una posibilidad. Para rescatar a la joven debemos esperar que tiemble, porque cuando eso pasa, los árboles se desorientan y no riegan su polvorienta amenaza.
Con la experiencia de Mérida y la voluntad de Sénsico, la espera y el rescate fueron cortos. Pues, cuando el temblor llegó, no tambalearon, sino que con agilidad a la siesta de la joven llegaron. Ella roncaba suave, pero roncaba.
Fue como un sueño para Sénsico rescatar y llevar lejos del bosque a la joven de ensortijados cabellos castaños.
