Un día en la cárcel

in Cervantes8 months ago


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Un día salía yo de la agencia de un banco, que se encontraba cerca de donde vivía, en la que había depositado el cheque que me habían pagado del reciente viaje llevando plátanos para el mercado de Maracay, cuando de repente una persona coloca el cañón de un arma en la espalda y me dice.

-Quédate tranquilo y no te pasa nada.

Asombrado respondí.

-Llévate el dinero que tengo si queréis, no es mucho.

-Yo no quiero robarte sino que me acompañéis.

Como escuchándolo, un carro se detuvo a nuestro lado, y me subí en la parte trasera del mismo, inmediatamente me colocaron una capucha en la cabeza para que no pudiera verlos.

Mientras hacemos la travesía les pregunté.

-¿Qué quieren conmigo?

-Vos estáis pedío, así que mejor te quedáis tranquilito.

Se me puso la piel de gallina ya que conocía muy bien esa expresión, que significaba que algún mafioso había pedido mi cabeza.

-Ustedes están confundidos, yo soy un trabajador honesto, no me meto en cosas ilegales.

-Eso dígaselo al patrón.

Tardamos como media hora en llegar al lugar, el auto se detuvo, abrieron un portón y en minutos sentí que abrieron la puerta y tras bajarme me quitaron la capucha.

Quedé pasmado, estaba en el patio de la cárcel de Sabaneta, el lugar de Maracaibo donde estaban los peores antisociales del occidente, por lo que deduje que algún pran de allí era quien me había pedido.

La cárcel, ya desparecida era un lugar anacrónico, de esos que demostraban la corrupción de las leyes, ya que desde allí se manejaban las peores bandas delictivas del estado, amparados en la reclusión de sus jefes quienes tenían el lugar como cuartel de operaciones.

Sin dudas era un error y esperaba demostralo.

-Caminá que no te vamos a llevar cargado –me dijo uno de los tres hombres que me habían llevado, mientras otro caminaba adelante marcándonos el paso.

Caminamos por unos pasillos hasta llegar al lugar donde está el pran que me había mandado a llevar.

En el lugar, estaban todas las rejas de la prisión abiertas y un grupo de personas conversaban animadamente.

Mis piernas temblaban como gelatina ante lo nefasto de mi destino.

-Acá lo tiene. –le dice el que parece ser el jefe de los tres.

El hombre se voltea y me parece un rostro conocido pero no logro ubicarlo, no tengo enemigos ni me enredo con mujeres ajenas, por lo que estoy seguro no deberle algo.

Para mi sorpresa en tono afable me dice.

-Carajo, si no te mando a buscar no sé tuyo.

Seguidamente se me acerca y me da un abrazo.

Del horror paso a la confusión y mi cerebro, como en una carrera de velocidad mental intenta recordar quien es el hombre.

-Hoy estoy de cumpleaños y por eso te mandé a buscar, quiero que estés en la fiesta que comenzará en unas horas.

Lo único que estaba seguro es que era de mi edad.

Ante mi silencio me dice burlonamente.

-¿Todavía estáis cagao?

Los presentes se ríen.

Hablo, casi convencido que lo que diré me hundirá.

-¿Es que no recuerdo tu nombre?

Todos se ríen nuevamente y el aludido me dice.

-Cesar, el carajito por el que te caiste a coñazos más de una vez para defenderme.

Como un relámpago todo se ilumina.

Desde que me fui del pueblo nunca más lo vi.

Era un niño bajito, delgado e introvertido, que muchos del colegio abusaban burlándose de él y golpeándolo, era el único que había repetido tres veces el tercer grado.

Me solidaricé con sus temores y me transformé en su protector, por tres años, hasta que salimos de sexto grado.

Su papá los había abandonado y vivía con su madre y abuela, pero eran uno de los más pobres del pueblo, por lo que en muchas ocasiones comía y dormía en mi casa, yo le decía hermano de cacho, que significa postizo.

Esta vez sí lo abracé y se me pasó el miedo.

Hablamos por un rato, mientras los otros hacían otras labores, había quedado solo tras morir su madre, ya antes lo había hecho la abuela y se unió a una banda de contrabandistas que luego pasaron a extorsionar, matar y traficar droga desde Colombia a Venezuela.

-Me he echado al pico más de 50 pero no estoy acá por eso sino por culpa de un sapo que ya está en el cementerio. –se afanaba.

Terminó formando su propia banda y aliándose con sicarios y guerrilleros.

Llevaba 5 años allí, de una condena de 20, pero me decía que no le hacía falta estar libre porque salía cuando le daba la gana, gracias a que los jefes del penal estaban comprados.

Me había localizado desde hacía meses y colocado hombres de su banda a cuidar mi casa, sin yo saberlo.

-Cuando viajáis hay un tipo que te quiere soplar el bisté pero ya no volverá más, mis hombres le han dado una golpiza y advertido.

Hacía referencia a que había un hombre que intentaba enamorar a mi pareja de ese entonces.

-Decile a tu mujer que esté derechita porque si la descubrimos pegándote cacho nos al echamos al pico.

Pasó el tiempo, llegaron mujeres, bebidas, los propios custodios y la fiesta duró hasta el amanecer.

Me emborraché y al otro día y al mediodía me llevaron a la casa.

La mujer armó su berrinche acusándome de estar engañándola pero cuando le dije lo del enamorado, sorprendida, se le pasó la rabia.

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-¿Todavía estáis cagao?

Me mie de la risa con esa parte

Me he quedado sorprendida con esta historia porque es así como todo opera en este país. Gracias a Dios no pasó a mayores y estás bien.

Saludos @horaciogomez

Que historia tan increíble, suena graciosa pero me imagino que debió ser horrible experimentarla, gracias a Dios tuvo un final feliz aunque lamentablemente así es como funcionan el sistema penal de nuestro país.