Diario literario: La despedida del último de todos

in Cervantes6 months ago (edited)
Desde mi llegada, fue una despedida muy triste. El terminal de Los Teques es un estacionamiento de concreto reverberando al sol, envuelto en polvo amarillento. Los vendedores ambulantes impiden el paso, y consiguiente apropiación del basurero, a la manada de perros desnutridos, los verdaderos amos del lugar. La ciudad tiene la mejor escenografía para una más que exitosa y lucrativa industria de películas de horror de bajo presupuesto.

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Ya desde la entrada, al divisar a Jesús con las dos maletas del equipaje permitido, alistado en la cola de pasajeros, y cercado por familiares y amigos, me pareció otro. Quizás la despedida me otorgaba una mirada reveladora; una suerte de visión clarificadora. Los instantes, de absoluta lucidez, al despertar sobresaltados a esta extraña realidad. Lo cierto es que cada vez más, la cercanía e intimidad de mi compañero de clases durante cinco años, se desdibujaba; dejándose colar, entre los recuerdos de fiestas y escapadas del colegio, otra imagen. Una imagen que, de alguna manera, también hablaba de mí.

Antes de acercarme, lo observé de lejos, sin ser reconocido. Jesús llevaba una cámara con una correa atada al cuello; lo vi, con astucia de camarógrafo experimentado, enmarcar a dos muchachas mientras se abrazaban. Sonrío al capturar el momento. Luego sí se percató de mí, y se acercó a saludar: coño, hermano, viniste. Jesús me pareció envejecido, su pelo cortado al rape, su estatura pequeña, todo, hasta su mirada, me parecieron los rasgos de un prisionero liberado; un cautivo a punto de ser ajusticiado y, de pronto, de manera milagrosa, aparece remontando la colina el mensajero y con él, el perdón real.

Alrededor de los autobuses se encontraba toda su parentela, pero de los amigos del colegio, o cualquier amigo, yo era el único. En un momento nos alejamos de los lugares comunes de abrazos y llantos, de la salmodia de frases repetidas mil veces, y entonces le pregunté por su destino. Chile, mi hermano, allá una pana me consiguió un trabajo. Va a hacer duro, dijo. Yo me quedé en silencio. Va a hacer duro, repitió, más para sí. Nos quedamos en silencio. Cuando intenté hablar, me di cuenta de que me era imposible; la tragedia a veces es una avalancha. Todo me parecía lejano, como si él que se fuera era yo. La arena amarilla flotaba alrededor del señor del puesto de café. Entre las personas abrazándose y apretando la mandíbula para no llorar. Le pregunté dónde estaban los demás: no, hermano, todos se han ido. Me sorprendió que vinieras, tenía tiempo sin saber de ti. Eres el último.

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Era cierto: desde que salí del colegio, me dediqué a huir. Nunca hubiera recordado a mi antiguo grupo de amigos, sino recibo el mensaje de Jesús. Me voy esta semana, me gustaría que estuvieras ahí. Hablamos un rato, fumando en una banca, recordando episodios escolares; burlas, apodos, peleas. Me pareció que recordaba todo mal, que en mi huida desesperada, sin atender a razones, había dejado algo abandonado. Ahora me daba cuenta, que la imagen que había percibido al comienzo, era un desdoblamiento: yo también me iba. Jesús se había convertido de pronto, en el único depositario de una memoria colectiva, en el último estandarte de nuestro grupo. Al llamarme a despedirlo, no solo se marchaba, sino que buscaba un sucesor a quien cederla, traspasarle, la carga del pasado. Yo en verdad, con su ida, era el último sobreviviente de un país sin más habitantes.

Yo no recordaba al grupo de colegio con especial añoranza, los veía, si acaso en algún recuerdo ocasional o sueño, como una etapa enterrada. Sin embargo, al oír a Jesús contarme cosas que yo había dicho y hecho, y apenas recordaba, confirmé mi error. Mi huida de aquel liceo aburrido, en un pueblo estancando, había llegado a su fin. Yo regresaba a tener diecisiete años, y venía de vuelta, venía de vuelta de la experiencia, los años trascurridos y arrastrados, a despedir a un amigo.

En un punto de la conversación, repicó la campana del colector anunciando la partida. Jesús se levantó, yo permanecí sentado. El que se iba, el que se quedaba resguardando. Antes de retirarse, se devolvió, se me quedó mirando. Durante mucho tiempo me sostuvo por los hombros mirándome, como asegurándose de su decisión, del sucesor escogido para almacenar la memoria; y sin llorar ni pronunciar palabras, yo supe que se estaba despidiendo de mí, de lo que habíamos sido. Él también volvía a ser un adolescente, el más gracioso de la clase, y me miraba resentido desde la última fila, porque por mi culpa el profesor lo había sentenciado a ese lugar. Sin embargo, en esta representación, o ventana al pasado que me permitía la visión lucida de la despedida, Jesús no pronunciaba las palabras que dijo aquella vez: tranquilo, todo es una broma; sino que me seguía mirando, en una perpetua juventud.

Cuando por fin lo vi subir las escaleras del expreso, me pareció irreconocible: un anciano arrastrando un peso que lo había doblegado, como si más que concederle un perdón al confinado, le hubieran encargado vivir mil veces el día de su juicio, que nunca fue.

Yo lo despedí, como correspondía: siendo el último de todos.