Daniela - Cuento

in Cervantes3 years ago

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Daniela era una mujer de un cuerpo firme, de piel morena y con una silueta tan perfecta que no había quien se detuviera a mirarla. Ponía celos e ira en los ojos de muchas mujeres en el edificio. Mi vecina Carlota le hervía la sangre cada vez que saludaba a su esposo Manuel en el ascensor. “¡Ay Isabel!, pero es el tono de voz y el brillo en sus ojos. ¡Ella me lo quiere quitar!” Le contaba a mi mamá cuando venía a tomarse una cerveza los viernes por la noche. Era cierto, ella tenía un tono de voz tan dulce que hasta los bebés se complacían al escucharla. Pareciera que no tuviese defecto.

Mi mamá, que no tenía marido, no le parecía importar tanto su existencia. Además, ellas muy poco se veían. No era como Carlota que la vía casi todos los días en el ascensor cuando salían a trabajar. Marco, me contaba que su mamá también le pasaba lo mismo. Se volvía fúrica si su papá se atrevía a hablarle. Y al parecer tampoco era el único, pues, en la cancha muchos de nosotros nos dimos cuenta de que nuestros padres, últimamente solo hablaban de ella. Y era extraño, porque ella no era una persona recién mudada al edificio. Tenía mucho tiempo ya, me atrevería a decir que tiene el mismo tiempo que tenemos mi mamá y yo.

“Todo es culpa del señor Alberto, del apartamento C-16, el papá Rafael y Marianita, el que trabaja en el banco. Resulta que ellos se acostaron”. Dijo Carla, refunfuñando. Carla era experta, como su abuela, de enterarse de estas cosas. Todos sabíamos del señor Alberto porque tiene unos carros de lujo que matan de envidia a los papás, y a Marco que está obsesionado con los carros desde chiquito. Sus hijos siempre tienen los mejores celulares, las mejores ropas, las mejores cosas, lo mejor de todo.

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Stephany o Sthefany o Estefany, como sea que se escriba su nombre siempre fue una fiel a Daniela. Desde pequeña la admiraba y para ella era una santa bajada del cielo. La imitaba en todo, desde su forma de caminar hasta la manera de hablar, pero no le llegaba ni a los tobillos. Su cuerpo estaba lejos de parecer al de ella, era todo lo opuesto. Sus curvas estaban investidas y no era nada firme, era flácida. En pocas palabras era algo gorda, pero no de las obesas mórbidas. En fin, ella, Sthepany, defendió a capo y espada a Daniela en contra de las acusaciones de Carla.

Yo venía anotando todo en mi pequeña libreta. Haciendo pequeños bocetos de la gente. Mamá dice que saqué esa cualidad de mi papá, que él siempre iba anotando todo lo que sucedía a su alrededor y haciendo retratos de la gente, que luego creaba historias. Y mentira no debe ser, porque en la casa hay dos cajas llenas de libretas con dibujos y anotaciones con fechas y nombres de personas. Nunca he sabido la historia entre ellos, solo sé que mi papá estaba en otro lugar y que mamá y yo nos mudamos aquí hace uno ocho años.

Esta no es la primera historia que cuento de este edificio. Y es que aquí suceden cosas que, a mi parecer, son extraordinarias. Hace dos meses murió la perrita de la señora Josefina, la abuela de Carla. Ella alegó que la envenenaron. Y dice que fue Alejandro, el inquilino del B-6, en planta baja. Contó que él estaba vendiendo droga en su casa, que ella mismo la vio desde su ventana. La policía vino e investigó, revisó el apartamento, pero no encontraron nada. Alejandro, que era un simple estudiante de medicina se fue del edificio esa semana.

Aquí pasan cosas como que una noche se robaron las baterías de los carros, a todos, y nadie vio nada. Carla, en la cancha, aseguró que fue el antiguo muchacho de la seguridad. Había sido despedido injustamente, Carlota lo estaba demandando por acoso después que él le agarra las dos nalgas estando borracho. Aunque según Carla, su historia es que estaba drogado.

Así que se podrán imaginar la cantidad de cosas que he escrito y dibujado. Cada una de las personas en este edificio tiene su peculiaridad. No hay una persona aquí que pueda decirse que es normal. Todos tienen alguna cosa oculta o algo que no quieren que nadie sepa. Alguien idolatra a alguien. Hay buenos amigos como malos amigos. Hay historias graciosas como hay historias para llorar.

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Mamá me aseguraba que era mejor no preocuparse mucho por las personas, y menos en sitios como este, que al estar uno sobre el otro, alguno siempre cree que eso le da la oportunidad de pisotear al otro. Y eso era una cosa que llevo conmigo, da allí mi mudes y mi simpatía por los espacios silenciosos y abiertos. Siempre traté a todos y todos me traban a mí. Pero nunca he sido de las personas que dice tener mejores amigos.

Las cosas se ponían complicadas en el edificio cada vez los rumores comenzaban a resonar más duros en los pasillos y los ascensores. Daniela se estuvo escondiendo los últimos días. Al igual que el esposo de Carlota. El cambio el señor Alberto seguía con su vida como si no le importara lo que se dijera de él. Hasta llegó a saludar a Daniela la última vez que yo la vi.

Eso fue una tarde de un jueves. Cuando llegué a la cancha, algunos de los muchachos estaban en sus bicicletas, iban a seguirla. Carla aseguró que ese día se iban a ver. Marcos me estaba pidiendo mi cámara prestada, pero Estefani llegó con una y se fueron sin esperarme ni nada. En mi mente solo resonaban la pregunta: “¿Por qué solo seguir a Daniela?”. Fui corrieron por mi cámara. Mamá no estaba en casa y dejé una nota: “Salí a tomar fotos, vuelvo antes de la noche”. Ya estaba por anochecer.

Yo sabía a donde pudo haber ido el señor Alberto para encontrarse con Daniela. Si es que realmente eran ellos los que estaba teniendo el romance. Cerca de aquí hay una pequeña posada, frente al parque. Lo he visto allí en otras oportunidades. Estaba seguro de que allí los encontraría.

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Había salido con un carrito pequeño que conducía pocas veces, el mini cooper de su esposa. Era un carrito muy pequeño, pero llamativo, y de color rojo que lo hacía más visible. Al llegar a la entrada del parque lo vi cruzar hacia la posa. Las manos y los pies me temblaban. Pedaleé con fuerza para verlos bajarse. Llegué a la entrada el estacionamiento, saqué mi cámara, encuadré lo mejor que pude y disparé. No continué por miedo a que me vieran, no llegué nunca a cruzar la entrada de la posada. Pero tenía la foto. Me fui a casa, con el susto en el pecho, viendo cada tanto hacia atrás. Esperando que nadie me viera. Me fijé y el señor Alberto no había vuelto. Los muchachos tampoco. No había nadie en las canchas. No había nadie en el estacionamiento tampoco, solo carros. Tomé el ascensor para ir a contárselo a mamá. Pero mi sorpresa fue que me encontré a Daniela, con maleta en mano, tan radiante como siempre. Me dio dos besos en la misma mejilla, el segundo más largo que el primero, me abrazó muy fuerte, y se fue.

Encendí mi cámara para ver la foto. Era mi mamá, mi mamá.

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Oh, era su mamá, y todos creyendo que era Daniela... Vivir en un edificio, te permite conocer a muchas personas, cada una con su locura. Muy buen relato, entretenido.
Saludos @spavan697