Crónicas de Mucoelrío: "Do de pecho"

in Literatos2 years ago
La gente de Mucoelrío siempre sospechó que Apolinar Altamirano había renunciado a la religión católica porque su inmensa sabiduría lo condujo a dudar de una doctrina que no sustentaba sus profundos razonamientos, pero jamás imaginó que su alma, antes de dar el paso definitivo, estuvo sumergida en un océano apocalíptico de terribles contradicciones existenciales, después de haber estudiado concienzudamente todas las manifestaciones religiosas de la India, de China, los manuscritos originales de San Agustín, El Corán, La Biblia y todo texto que versara sobre la creación del hombre y sus relaciones con el Ser Supremo, hasta llegar a la providencial conclusión de que si el hombre por los siglos de los siglos se había agenciado un número infinito de flatulencias, pero con olores y sonoridades semejantes en diferentes cuerpos, eso no podía ser otra vaina que la reencarnación; y renunció para siempre a esa religión inútil que pregonaba la existencia de un lugar fastidiosísimo llamado el paraíso, adonde, después de la vida, iban a parar las almas aladas, etéreas, inmateriales, sin poseer el indispensable diapasón del cuerpo, el único instrumento que permite la placentera sensación de soltarse una ventosidad audible parar el oído humano.

Muchos años antes Apolinar Altamirano había salido de Mucoelrío, con unas alpargatas suela de goma y unos pantalones cortos, a labrarse un camino por el mundo, y lo consiguió. Se graduó con honores de Profesor de Castellano y Literatura en el Pedagógico de Caracas, y dedicó toda su vida al difícil apostolado de la docencia. Con la misma acuciosidad que en sus años de estudiante hizo un análisis sobre La Celestina, que le mereció los mejores elogios del excelentísimo profesor Venegas, se dedicó a estudiar desde muy pequeño, primero por pura curiosidad y luego con sistemática meticulosidad, los gases que circulan por el cuerpo; esos gases que son una exabrupto cuando salen por la boca, pero que toman un encanto irresistible cuando resuenan cadenciosamente en su natural salida posterior y se expanden libremente al espacio exterior, acusando antes las más disímiles notas en el cromático pentagrama de los glúteos. De sus pacientes y minuciosas observaciones ha dejado unas cuantas notas dispersas sobre “La intensidad de los gases de acuerdo con la escala musical de la flauta indígena y el tamaño del cuerpo que los emite”, y sobre “La tendencia de las flatulencias a salir silenciosas cuando asumen olores impropios”; además escribió dos obras que, según sus hijos, son dos piezas magistrales que llenan las expectativas del científico más inquisidor que quiera investigar sobre el tema: Tratado general sobre las flatulencias sonoras y Los suspiros de la retaguardia, las cuales no han sido publicadas por la incompetencia de los editores que no han sabido valorar el alcance y la importancia del tópico abordado por Altamirano.

Apolinar Altamirano fue también un músico estupendo y más de una vez sus dedos esjullaron las notas de un bandolín, de un cuatro o de una guitarra en una parranda pueblerina para dejar embobado con su melodía a más de un muquerino, porque cuando Apolinar tocaba, el aguinaldo se engaripolaba con un son inigualable que hacía suspirar hasta las piedras del río que, por cierto, no era río un carajo. Su pasión por la música lo llevó a interesarse por el canto y cuenta la gente de Mucoelrío que alguna vez escuchó su voz entonando una canción, que no lo hacía del todo mal; pero nunca se sintió satisfecho en esta faceta artística porque, en una oportunidad, un profesor de canto le confió que la nota más difícil de registrar por la voz humana era el Do de pecho; y desde ese entonces Apolinar Altamirano se dedicó a realizar todo lo que estuviera a su alcance para alcanzar el inalcanzable Do que se negaba a salir de su cuerpo. Hizo todos los ejercicios que le recomendaron, comió de todo lo que le dijeron que servía para aclarar los sonidos, pasaba hasta dos días sin respirar con el propósito de reunir dentro de sí toda la energía posible, sin embargo, nunca pudo lograr la sublime intensidad de aquel inefable Do; muchos años después, cuando yo lo conocí, ya con el cuerpo viejo y cansado, había renunciado a su objetivo, pero en lo que oía sonar un peo inmediatamente paraba la oreja porque Apolinar Altamirano estaba convencido de que algún día cualquier mortal sobre la tierra sería capaz de lograr un Do de culo.

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Excelente relato y memoria de Don Apolinar Alatamirano apreciado cruzamilcar63. Saludos

Gracias, Maestro... Saludos