Masswell

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Photo courtesy of Johnson Martin en Pixabay.

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–En efecto, James, procede con el rastreo de Richard Conrad y persuádele para que él mismo nos ayude a resolver este asunto.

Si. Ahí estaba la cosa más curiosa que había oído en toda mi vida, y debo confesar que he sido testigo de muchas en todos estos años de carrera. ¿Y qué podía tener de curioso que el dependiente dijera aquellas palabras en esa llamada?
Pero antes… antes, queridos lectores, debo presentarme y ponerlos en antecedentes para que comprendan la razón de mi asombro. Soy agente, adscrito, al departamento de Policía de Chelsea y con dieciséis años en el cuerpo aún no me molesta tener que jubilarme en alguno de estos días. En los últimos meses me fue asignado el inspector Robert para resolver en conjunto los casos que caen en nuestros escritorios (y al menos nos hemos esforzado por hacernos compañeros). No es que lleve demasiado tiempo conociéndole, hará cosa de dos años que está en el departamento pero es muy limpio y ordenado en su trabajo y compartimos ese instinto, yo diría que de coyote, para llegar hasta la guarida de los malhechores.
Hacía poco más de una semana que ambos habíamos acudido a un llamado en el que se informaba de un cadáver tendido en la cuneta de la Interestatal 51. El sujeto, de unos treinta y ocho años, yacía de lado mirando la masa de árboles que bordeaban la carretera. Tenía una herida de bala en el abdomen y otra en la cabeza. No tuve idea inmediata de lo que pudo haber ocurrido, solo las conjeturas de rigor, un posible ajuste de cuentas, un robo que salió mal (teniendo en cuenta que, además de su identificación, no se encontró dinero ni objetos de valor en el cadáver) y todo ese rollo.
Logramos identificar a la víctima un día después, antes de que llegaran los análisis dactilares. Alguien había llamado al departamento por la desaparición de una persona. La madre, una mujer de unos cincuenta y tantos años nos recibió en su casa para contarnos que no sabían de su hijo desde el día anterior, que la última noticia que tuvieron de él es que había quedado para reunirse con unos amigos en algún bar de la ciudad. El hombre estaba en proceso de divorciarse de su esposa con la que tenía dos hijos.
Por lo que nos contó, pudimos deducir que el hombre había logrado adquirir cierta posición económica. Estaba trabajando en una compañía que se encargaba de fabricar y suministrar ciertos equipos electrónicos, una empresa que me resultó extraña porque hasta entonces no había tenido el más mínimo soplo de su existencia.
Poco después el forense nos informó que el momento de la muerte podía determinarse entre las 11 y las 12 de la noche del día anterior al hallazgo. Una hora más tarde tocamos a la puerta del domicilio de la esposa. Por supuesto, se trataba de una dama bastante bien proporcionada por lo que cualquiera se preguntaría como alguien se divorciaría de semejante mujer, pero los agentes de la ley, como en mi caso, estamos de algún modo neutralizados para tanta belleza, detrás de la cual puede esconderse un vil asesino (o una vil asesina). Nos dijo que llevaba más de seis meses separada de su esposo, que ese fin de semana le correspondía pernoctar en el apartamento de Glasgow, un acuerdo temporal al que habían llegado mientras la separación se llevaba a cabo. Había sido él quien solicitó el divorcio. Esto último era algo un tanto fuera de lo común tratándose de que a menudo es la mujer quien pide tal papeleo, indudablemente que esto motivó nuestro interés por la ahora viuda. No, no había salido de su casa la noche del asesinato. Prefiero evitar asediarlos con toda esa parafernalia de que parecía ser la asesina, porque debía aparentar tristeza, que sus palabras no se oían sinceras, que parecía ocultar algo… Ni aún los cursos más sofisticados para interpretar los gestos de las personas son infalibles, he resuelto casos en los que podría decirse que la culpabilidad del sospechoso se veía a leguas, pero irremediablemente las pruebas apuntaron en otra dirección.


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Y así llegó el momento de que la empresa en la que trabajaba el difunto recibiera la visita del departamento de policía. Como en toda investigación criminal, se trataba de reunir información entrevistando a todos los que conformaran el círculo social de la víctima y, por supuesto, el lugar de trabajo siempre podía aportar pistas importantes. Sólo al llegar, tanto Robert como yo pudimos notar que aquello no era una compañía que se dedicara a la fabricación de aparatos electrónicos, o al menos no a un negocio de esa envergadura. Para comenzar el letrero que anunciaba el nombre no era para nada ostentoso, de hecho, no pensamos que fuese ese el lugar, esperábamos encontrar algo un tanto extravagante como acostumbran a identificarse las industrias que se dedican a la manufactura de cualquier tipo de cosas, letras de tamaño monumental en una valla o decorando la fachada, resaltadas con reflectores o neones para que no pasaran desapercibidas. Pero no, aquello era un nombre, “Masswell”, en un simple cartelón de algo más de un metro de largo sobre el pretil de la puerta de entrada, sin la mínima alusión de lo que se pudiera hacer en el interior, esto parecía indicar que los dueños apostaban más por la clandestinidad que por otra cosa. Unos segundos después estábamos en el campo de visión de una cámara que vigilaba a cierta altura (eso sí, estaba en funcionamiento). Mi compañero se adelantó y presionó el botón rojo que había sobre una cerradura magnética. Unos segundos después oímos que el cerrojo electrónico se ponía en funcionamiento y la puerta se abría.

–Hola, somos oficiales de policía– anunció Robert al sujeto que apareció tras el umbral, un joven larguirucho que se llevó un dedo a las gafas quizás a punto de caerse al fijar su atención en nosotros y en la placa que exhibía mi compañero.
–Queremos hacerles unas preguntas en relación a una investigación que estamos haciendo.
Sin emitir palabra el joven abrió la puerta y nos hizo pasar. El interior tampoco reflejaba alguna pista que pudiese iluminar nuestro intelecto, sólo paredes de un gris estéril, al estilo de los viejos hospitales que solíamos visitar mi madre y yo cuando niños por alguna dolencia. Mi compañero y yo intercambiamos una mirada, estaba seguro de que pensábamos lo mismo. El dependiente nos condujo a una pequeña recepción.

–Esperen aquí. En unos momentos el gerente los atenderá. Señaló unos mullidos muebles que pretendían amenizar la sala sin mucho éxito.

–Un lugar acogedor– murmuró Robert cuando el dependiente desapareció por un pasillo.
–Sí, creo que propondré esta decoración a mi esposa.
–Es probable que no te anotes un hit.
Poco después el dependiente nos condujo a la oficina del gerente, un hombre algo obeso y que hablaba por teléfono de espaldas a lo que pusiese ocurrir en su despacho. Ocupamos las dos sillas que había frente a su escritorio mientras aquel continuaba enfrascado en su conversación. Salvo el gerente y el joven que nos había recibido no parecía haber más nadie en las instalaciones.
–Y bien, en que puedo ayudarles– dijo el hombre encarándonos cuando acabó su perorata.
–Estamos indagando sobre la desaparición de una persona, Richard Conrad, tenemos entendido que trabajaba aquí.
–¿Richard Conrad?... ¡Demonios! Hace dos días que no asiste a su trabajo y en su casa tampoco saben nada de él.
Acto seguido volvió a tomar su teléfono. Nosotros sólo podíamos cruzar miradas de incomprensión.
–¿James? Creo que tenemos un problema… Conrad… Sí, tengo dos oficiales aquí… ¿Desaparecido? ¿Crees que si fuese sólo eso estarían aquí?
En ese momento, ocultó el auricular con la mano y se dirigió a nosotros.
–Chicos, necesitamos ser sinceros, ¿está muerto no es así?
Otra mirada de incertidumbre entre mi compañero y yo.
–Oficiales, todos estamos interesados en resolver este asunto, y voy a adelantarles algo: perderán el tiempo investigándome a mí si eso ha pasado por su mente. Y el estado y los contribuyentes no proporcionan su dinero para que nuestros oficiales hagan diligencias infecundas. Así que…
–Nosotros decidiremos que diligencias son infecundas y cuales…
–Fue encontrado muerto hace unos días– dije después de meditarlo unos segundos ante el asombro de Robert. Ya saben, como investigadores debemos reservar los asuntos resaltantes de la investigación para saber cuánto saben los entrevistados y el hecho de que sepan demasiado puede significar culpabilidad. Pero mi instinto me dijo que aquel sujeto decía la verdad.
Acto seguido, el gerente prosiguió con su llamada.
–En efecto, está muerto… Sí, pero ahora si estamos seguro de que no estará presente… Sabes lo que tenemos que hacer… En efecto, James, procede con el rastreo de Richard Conrad y persuádele para que él mismo nos ayude a resolver este asunto.
¡Y ahí lo tienen, aquel tipo estaba diciendo que un muerto iba a resolver su asesinato!!!!!!
Robert y yo no salíamos de nuestro asombro, y como si no hubiese quedado del todo claro…
… esperemos, que esté dispuesto a resolver su propia muerte… Por supuesto… en unos minutos les tendrás allá.


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–Me disculpo si estoy abusando al disponer de su tiempo, pero mi buen amigo James necesita que estén en la sede central de la empresa para intentar localizar a Conrad. Pero a esas alturas sólo había algo que pugnaba salir de nuestras bocas.

–Creo que entiende que el Sr. Conrad está… muerto– esgrimió Robert cuando el gerente se levantaba de su silla y nos conminaba a que le siguiésemos
–Por supuesto que lo entiendo. Pero… ¿no apoyarán esa teoría de que todo termina con la muerte o sí? Bueno, no los culpo, también yo estuve albergando ese mezquino postulado hasta hace poco, pero… después de las cosas que he presenciado puedo decirles que la muerte no es tal cosa.
Tuve que impedir que Robert le interrumpiera. Siendo un católico muy bien formado tenía muchas razones para discrepar.
–La muerte, chicos, no es más que una liberación.
–¿Está diciendo que un asesinato es una liberación? ¿Alguien que es abatido a disparos es liberado?
Esta vez no había podido impedir que Robert le interrumpiese.
–Sea cual sea el tipo de muerte, es lo mismo, una liberación. El alma deja el cuerpo y queda libre.
Probablemente ya había oído algo parecido de los metafísicos, quizás o alguno de esos grupos esotéricos, pero eran temas que no despertaban mi interés, pero ahora…
–¿Y está diciendo que alguien liberado como dice, nos ayudará a resolver su… liberación?– esta vez era yo quien preguntaba.
–Detecto sarcasmo Sr…
–Spencer.
–Bien, señor Spencer, es tal como acaba de decir, siempre, que el fallecido quiera resolver su muerte.
–¿Debo entender que una persona que es asesinada podría no querer resolver su propia muerte y que se castigue a los culpables?
El acento de Robert indicaba que había conseguido un punto débil en el palabrerío del gerente y que quizás todo aquello era un farol para ocultar más de lo que sabía con respecto al caso. Ya saben, instinto de coyote.
–Esa liberación no es lo que imaginan. Cuando alguien deja el cuerpo va a un lugar especial mucho mejor que la vida que lleva aquí y las razones que orientaban su día a día dejan de existir allá, salvo ciertos casos. ¿Han oído esas historias de aparecidos y fantasmas?
–Nada de eso tiene asidero científico– arguyó Robert.
–La ciencia no lo puede explicar todo. Pero puedo garantizarles que por lo general quien es liberado no quiere volver… bueno, no quiere volver a estar vivo.
–Y aun así ¿está apostando porque este Richard Conrad regrese a ayudarnos con el caso?
Mi pregunta ya estaba imbuida en la tesis que me había estado formando, íbamos a participar en una cesión de algún médium que hablaría o aparentaría hablar con el muerto.
Debo confesarles que entre las preguntas que quería hacer al gerente estaba lo que realmente se dedicaba a hacer esa compañía, pero los asombrosos derroteros por los que se había ido la entrevista no dieron lugar a ello.

–En realidad, el “quien me atropelló”, “quien me disparó”, “quien ocasionó mi muerte” se convierte en un tema irrelevante después de la liberación.
–Habla como si ya hubiese estado allí. Pero nadie sabe a ciencia cierta si hay un después y si lo hay como es ¿qué le hace estar tan seguro de lo que dice?
–Es probable que vean algo de eso dentro de poco y de no ser así, quizás les habré hecho perder un tiempo valioso a la justicia.
En ese momento trasponíamos la puerta de entrada. El hombre sacó una tarjeta de su sobretodo y nos la entregó.
–En el reverso encontrarán la dirección de la empresa. Alguien les estará esperando.

–¿Que disparates acabo de escuchar? ¡Santo Cielos! –soltó Robert, una vez que estuvimos en el auto.
–¿Nunca has visto trabajar un médium? Yo no, pero… probablemente sea instructivo.
–De manera que piensas que se trata de eso.
–Sin lugar a dudas.
–Aunque fuese eso, ¿qué fiscal sería capaz de tomar nuestro caso con esas… con esas evidencias?
–Solo vamos ya, Robert.

La sede principal de la empresa se encontraba a unos quince kilómetros de la sucursal que acabábamos de dejar y pese a serlo, tampoco disponía de vistosos distintivos de su existencia, aunque eran unas instalaciones más grandes y con más personal. Un vigilante nos intercedió cuando traspusimos la puerta de cristal. Robert exhibió su placa e inmediatamente el guarda sacó un radio comunicador de su cinturón. –Hay unos oficiales aquí. –Llévalos al salón, les están esperando. Fuimos conducidos a través de una recepción donde aguardaban dos personas en un sofá, una secretaria revisaba algunos papeles en el mamparo de la recepción, al vernos salió a nuestro encuentro. Acto seguido nos entregó dos pases de visitantes. –Bienvenidos a Masswell– anunció. Poco después el centinela nos dejaba en una sala en la que pasquines pegados a la pared anunciaban cosas como “El viaje de Nuvia, una experiencia que nunca olvidará”, “Anticípate y conoce los parajes de Éxilon”, pero quizás el que más llamó nuestra atención fue uno en el que se veía una de esas imágenes en las que el espíritu se separa del cuerpo y en el que se leía: “Si cree que sus días están contados y aún tiene asuntos que resolver podríamos ser su solución”.

–Es el menos comercial de nuestros productos, lo confieso– dijo una voz tras de nosotros.
–Por supuesto, es nuestro servicio más reciente, pero ya saben, la gente no quiere saber nada de la muerte– prosiguió el hombre concentrado en el cartel mientras se acercaba. Por último, se volvió a nosotros.
–Perdón, soy James. Estoy impresionado con la muerte de Conrad. Es nuestro principal investigador y diseñador de infraestructura aural. Es él quien desarrolló el servicio de este cartel.
Después de presentarnos y compartir el convencional apretón de manos, otro sujeto se unió al grupo.
–Este es Oliver, el ayudante de Conrad, les pondrá en contacto con él a la brevedad posible.
Robert y yo nos miramos aún sin comprender. Habría sido más sensato que hubiesen decidido reunirse con el fiambre que teníamos en la morgue, y hacer, ya saben, los exámenes que practicaban nuestros forenses y hacernos entender que su tecnología develaba en un cadáver lo que nuestros profesionales no podían ver. Estas reflexiones cruzaban por mi mente cuando nuestros anfitriones nos condujeron a una sala de laboratorio.


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–Esto no parece una ouija murmuró Robert en mi oído.

En el centro, en una inmensa cúpula de cristal y rodeado de equipos electrónicos había una especie de marco, como el de una puerta y de un material semitransparente, pero no había una puerta allí. Dos especies de tableros, conectados con un almacigo de cables a la consola central resguardaban la entrada o la salida del marco. Todo aquello se me antojo una escena de película ¿Alguien nos había invitado al plató de efectos futuristas de una producción cinematográfica?
–Es el laboratorio de Conrad. Pasaba muchas horas aquí perfeccionando el equipo o atendiendo a algún eventual cliente. Es uno de nuestros más destacados investigadores. Y sus futuros trabajos harán que la gente vea el umbral de posibilidades que la realidad puede ofrecerle.
Mi compañero y yo cruzamos otra mirada de desconcierto. Conrad estaba bien muerto y aquella gente aún lo consideraba como un activo.
Oliver accionó un interruptor en el panel que había a un lado de una portezuela de cristal, esta permitía el acceso al interior de la cúpula. Acto seguido nos invitó a pasar y cerró detrás de nosotros. James permaneció afuera, había sacado el móvil y hablaba con alguien.
–Tendrán que tener paciencia con Conrad– anunció Oliver mientras manipulaba los controles del aparataje que rodeaba el portal.
–Su taimado carácter nunca lo ha caracterizado. Quizás yo he sido el único en soportarle. Pero el ansia de aprender de los mejores supera cualquier nimiedad.
Mientras hablaba todo en la sala cobraba vida.
–Pensamos que sólo había decidido tomarse unos días de vacaciones ¿Sabe? A veces lo hacía, además su vida…
–¿Que nos puede decir de su vida?– atajó Robert, visiblemente extasiado de aquella pantomima.
Oliver accionó los últimos interruptores, insertó algunos códigos en el ordenador y el espacio dentro del marco se iluminó.

–Pronto tendrá sus respuestas– dijo por último. Pero ya nuestra atención estaba puesta en lo que ocurría en la sala, el leve zumbido del aparataje y las luces centelleantes del portal no eran un espectáculo como para pasar por alto. De improviso, algo atrajo nuestra atención en el portal, la silueta de lo que fuese parecía querer tomar forma en el espacio iluminado, en principio parecían ser unos dedos, poco después las palmas de unas manos hicieron acto de presencia saliendo del portal. De pronto…

–¡Oh! ¡Demonios! Oliver. Debí suponer que esto no ofrecía la comodidad esperada.
La voz nos hizo dar dos pasos atrás, estaba amplificada por el aparataje, pero sonaba a una voz real. Sorpresivamente, las manos dieron pasos a unos brazos y poco después la total silueta de un hombre estaba en el portal.
–¿Conrad?– balbuceamos al unísono. No podíamos hacer una comparación perfecta con el cadáver pero los rasgos que se apreciaban en la figura no dejaban muchas dudas.
–Necesitamos disminuir un poco la intensidad del campo sensorial– comenzó a decir la cosa– creo que en unos cinco mil quinientos miilicationes estaría ideal. Los rayos difusores… supongo que subiéndolos ciento cincuenta unidades nos eliminarán la sensación de vacío.
Mientras hablaba, Oliver realizaba los ajustes sugeridos.
Nosotros observábamos todo aquello sin saber que opinar ¿Era un fake? ¿Un truco barato de circo?

En ese momento James acompañado de varias personas se apersonó en la cúpula. Al ver la silueta, la alegría suavizó su semblante y el de sus compañeros.

–Nunca Habría imaginado que serías tu propio cliente, Conrad.
–James, siempre tan elocuente en tus observaciones– murmuró la silueta.
Conrad se dirigió nuevamente a su ayudante.
–También debemos revisar las emanaciones aurales, creo que combinándolas a intérvalos con energía B, en proporciones de cinco milésimas por segundo hará que la estadía de nuestros invitados sea más amena.
La voz de una joven de la recién llegada comitiva se hizo oír.
–Oh, Conrad, no sabíamos que…
–¿… había muerto, Clara?
Ahora Conrad se dirigía la chica.
–Has sido una de mis alumnos predilectos y más de una vez les he dicho que la muerte no es más que un leve cambio y tampoco es motivo de tristeza, sobre todo en esta investigación.
La silueta se volvió a James.
–Bien, James, estamos en medio de algo aquí. Si tuvieses la amabilidad…
–Vamos, chicos– dijo y la comitiva le siguió a la salida.
La figura pareció estirarse como para desperezarse.
–Ahora lo principal, Oliver. Creo haberte dicho que no debías citarme aquí hasta que te diera una señal. Sólo llevo tres días ausente y te has desesperado. Ni siquiera he investigado a fondo el lugar al que fui a parar. Y sabes, mi joven ayudante, que mis órdenes, jamás pero jamás de los jamases deben desobedecerse.
Oliver indicó nuestra presencia a la entidad.


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–Oh, cierto. Nuestros queridos oficiales, siempre tan dispuestos a que haya justicia. Deben suponer que para mí tiene alguna importancia recordar como dejé la terrenal vida. Pues, temo defraudarlos, no tiene la menor relevancia y no estoy aquí para cosas triviales. Todos vamos a morir y el cómo sea no tiene ninguna trascendencia.

–Señor. Ellos se refieren al castigo que deberían tener los culpables.
–Oh, sí, eso.
–Verá, ellos no deberían seguir por allí sin un castigo.
–Ajusta un poco la conversión sinusual, Oliver. Oliver, necesito que te centres un poco más. Llévala a 3.5 milicationes.
Demás está decirles que creyentes o no, mi compañero y yo estábamos mudos de asombro. Luego la figura se enfocó en nosotros.
–Si es eso lo que desean nuestros inminentes gendarmes, podrán ir por mi esposa, bueno, mi ex en realidad, y su amante. Ella junto a Hugo osó quitarme la vida con el obsequio de mi padre, la vieja Luger. ¡Mi pobre viejo! nunca imaginó que ese regalo enviaría a su hijo al más allá. La encontrarán en el puente sobre el río, a un kilómetro de donde encontraron mi cuerpo. ¿Debería decir que no tenía que aceptar que mi esposa me buscara al trabajo aquella noche y que después recogiera a Hugo, mi amigo y su amante? Pues, no. Sólo puedo afirmar que era el camino necesario para que se consumara mi cambio de energía. Si se dan prisa podrán conseguir las prendas usadas por mi esposa en el garaje de Hugo, allí tendrán la prueba de pólvora. Podrán derrumbarla diciéndole “Como en el Shooting Center”, las palabras que pronunció antes de dispararme. Ahora, Oliver, vamos a hacerlo una vez más. No te molestes en pedir autorización a James, aún es un poco lento para el desarrollo del proyecto.

–Aún no hemos terminado– dije acercándome un poco al portal. Me era imposible poder ocultar lo maravillado que me sentía, pero la seriedad de nuestro trabajo me impedía manifestar cualquier emoción.

–¿Me dirá que lo que acaba de oír no tiene fundamento, oficial? Sospecho que no y puedo notar su acentuado interés en lo que hacemos por la ciencia.
La cosa o lo que ahora era Conrad me echó una mirada escudriñadora y supuse que evaluaba todos mis pensamientos. Por un momento me sentí como uno de los sospechosos que habían pasado por nuestras salas de interrogatorio.
–En cuanto a lo que ha visto aquí… No hay ninguna ciencia detrás, bueno, salvo los sistemas que ve alrededor. Cuando morimos simplemente perdemos el habitáculo que nos permite interactuar con los vivos, pero seguimos por aquí, mi invento únicamente logra que podamos comunicarnos con ustedes. Y agregaría que de una manera más precisa que otros procedimientos de los que ya debería haber oído.
–Creo que podría tenernos por aquí nuevamente– dije intentando mantener al máximo el profesionalismo. No podía permitir que el semblante frío del investigador de homicidios se desvaneciese.
–Oliver, creo que tenemos un seguidor por aquí. Ahora date prisa con eso.
–Señores, creo que hemos terminado, dijo el aludido dirigiéndose a nosotros.

Robert, me tomó por el hombro. No había más nada que hacer allí. No sé qué estaría pasando por su mente, quizás pensaba que todo había sido un montaje, pero permanecía en silencio. Cuando ya llegábamos a nuestro auto Oliver salió en pos de nosotros y me llamó, cuando me reuní con él me dijo algunas cosas y luego volví con mi compañero quien ya aguardaba en el auto. No está demás decirles que en los dos días siguientes teníamos tras las rejas a la adorable esposa y a su cómplice. Cuando le hicimos referencia al “Como en el Shooting Center”, abrió los ojos como platos y ya sin poder oponerse a lo que le esperaba, nos dijo, entre lágrimas y lamentos, que en una ocasión estaba furiosa contra Conrad, había descubierto una de sus aventurillas y este le había encontrado practicando el tiro al blanco en el Shooting Center, el asunto habría sido de lo más normal si ella no hubiese cubierto la diana con una foto de Conrad.

También debo mencionar, queridos lectores, que ayer presenté mi renuncia al cuerpo y en estos momentos estoy preparándome para acudir a Masswell, quizás no tuve tiempo de contarles que la razón por la que Oliver me había abordado era para proponerme un empleo a instancias de Conrad. Y estoy dispuesto a aceptar incluso el de fregar pisos si eso me permite estar cerca de la investigación y de todo lo que se hace en esa compañía. Quizás haya esperado inconscientemente por algo así en mi vida, algo en lo que ya la muerte es una prueba superada. En fin, tal vez en otra oportunidad pueda hablarles de mi experiencia en Masswell.