Descanso con un amigo

in #spanishlast month

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Todo era blanco. El piso, los árboles, el coche aparcado delante de la pequeña casita de madera, incluso mi ropa. El cielo estaba de un hermoso color perla, prometiendo que pronto el sol se alzaría en el firmamento.

Poco a poco caminé con cuidado por el lugar donde habían muchas lozas enterradas bajo varios metros de nieve. Mis botas se hundían a cada paso que daba, pero yo era feliz.

Cuando llegué a la puerta, el maravilloso olor de madera de pino me golpeo al abrirla. Una pequeña cantidad de nieve se coló dentro al entrar. Me sentía reconfortada, solo por estar en ese lugar.

Toda mi niñez la había vivido correteando por aquel lugar, ese era su refugio y la ventaja nadie conocía su escape.

Mi acompañante que silenciosamente me había seguido, colocó todas las cosas en el mesón de la cocina, cuando por fin me desprendí de mis botas. Era un hombre alto y moreno, su pelo crespo me hacía imaginarme estando en una deliciosa isla caribeña. Me sonrió mostrando una gran dentadura blanca.

Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla. Estaba segura de que deseaba dirigirlo a mi boca, pero no podía permitir avanzar más tan deprisa. Él era un amigo y los amigos no se besan, nunca. Se lo había dejado claro cuando quisimos ir a aquel lugar, solo sería un descanso para mí.

Poco a poco nos instalamos, colocamos música e iniciamos los preparativos de nuestra cena. El lugar estaba cálido pasado las horas, en la chimenea el fuego chiporroteaba vívidamente. Luego de comer y hablar durante horas de nuestros problemas, nuestras esperanzas, nuestros sueños, sé que es lo que debo hacer.

Dejo mi copa de vino a mitad de la mesa, y le digo para salir a caminar alrededor del estanque. Recojo mis botas, mi chaqueta y salimos al exterior por la puerta trasera. Mi compañero habla y habla fluidamente, y me siento feliz. Al pasar por el cesto de leña, tomo el hacha y le pido a mi amigo que de regreso cortemos un poco de leña para la chimenea.

Andamos por el borde del estanque, que está congelado casi por completo, y me dan ganas de patinar sobre él. Lamento no tener mis patines, lo extraño tanto de la infancia. Mi amigo me mira y entiende mi mirada, así que sonreímos mientras poco a poco, la luz del cielo comienza a desvanecerse.

El chico, mira sorprendido como ocurre un atardecer sin que ocurra sol, para él todo aquello ha sido nuevo, y lo disfruta mucho, veo como sonríe, como sus ojos que nunca habían visto la nieve hasta hace dos días, están fijos en la distancia.

Así que sintiendo la mayor libertad y felicidad del mundo, y dejándome llevar por mis instintos alzo mi brazo y con todas las fuerzas que tengo clavo mi hacha en su cráneo.

Quizás no sintió dolor, quizás no entendió que sucedió antes de caer tendido en el piso sin vida. La nieve poco a poco se mancha de sangre roja, pura y fresca. Me acerco a ella y la huelo, disfrutando el olor a óxido. Es satisfactorio y pleno y me siento muy feliz, más de lo que fui en mucho tiempo.

Sus ojos están fijos en la nada y es lo último que veo cuando, luego de muchas horas, decido arrojar su pesado cuerpo a un hueco de agua descongelada del estanque. Miro unos minutos como se hunde por todas las piedras que coloqué dentro de su cuerpo, terminando en el fondo de aquel estanque oscuro, con mis otros amigos. Amigos que me acompañaron a liberarme, a olvidar mis problemas, a ser feliz por un fin de semana.

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