Capítulo Cuatro: Pequeño Monstruo II — Jardín de Amapolas

in #spanish7 months ago (edited)

Pequeño Monstruo II:

No me des la espalda, Autumn.

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Previamente...

—Voy a llamar a la policía,—advirtió esperanzada de que fuera cualquier otra clase de intruso— será mejor que salga.

Y lo hizo.

Salió.

Salió de la puerta del corredor, del baño de invitados, disfrazado de Blanca Nieves sangrienta y saltando hacia ella con risa; Autumn le dio tiempo soltar y patear el cuchillo antes de recibir a Gianna en sus brazos.

Su grito quedó atascado en su garganta y la lágrima salió despavorida de su ojo cuando lo enfocó.

Gibrán también había salido del mismo baño acomodando su impoluto traje azul de negocios.

—¡Tenías razón!—chilló la niña saltando sin soltarla. Su hermano mayor se recostó de una de las paredes y miró el cuchillo en el suelo, sin esconder su pretensión y la risa.—¡Jojo casi se orina encima!

Autumn acarició su espalda para tranquilizarla. Pero ella continuaba temblando como el papel.

—Gia,—La voz de Gibrán era fuerte, autoritaria y nunca daba tregua a las réplicas y objeciones.— Suelta a Autumn.

Lo hizo de manera inmediata. Obedecía todo lo que Gibrán y Autumn le pedían.

Nunca pudo haber reconocido el miedo en los ojos verdes de su prima porque era un sentimiento totalmente desconocido para ella, en su lugar, giró sobre si misma modelando su vestido y la señaló:— ¿Qué te parece?—Le preguntó a la rubia cuya lengua pesaba dentro de su boca— Gibrán me llevará a una fiesta de disfraces y mira qué bonito personalizó el mio.

Autumn parpadeó varias veces entrando nuevamente en su piel.

—Estás hermosa, Gia.—Limpió un poco de la utilería roja de su frente que simulaba sangre y la estrujó entre sus dedos; era igual de caliente y espesa que la verdadera—¿Pero no crees que es demasiada sangre falsa?

Trataba de concentrarse en la niña, pero los pasos del monstruo a su alrededor ensordecían sus oídos.

—Es una fiesta de disfraces en Halloween, Autumn.—Se acercó— No quiero ser bonita, quiero ser aterradora como me dijo G.

Su sonrisa tambaleó. Claro que para él lucía preciosa bañada en sangre.

—Pues misión cumplida.

Los ojos de Gia se iluminaron de felicidad y eso provocó, de manera inmediata, que todo lo demás perdiera importancia a su alrededor. Daría más de lo que tiene por siempre ver a Gianna sonreír así.

Entonces Gibrán entró en el cuadro.

—Vinimos porque Gianna necesita la canasta que olvidó la semana pasada.—Le notificó sin perder la sorna de su mirada. La enfocó completamente, mientras mantenía las manos en los bolsillos de su ostentoso traje.

Pudo haberle comprado una canasta nueva a su hermana, es más, pudo haber comprado canastas nuevas para todas las niñas de su colegio si le hubiese dado la gana. Pero Gia era una niña demasiado especial y sentimental como para dejarlo hacer algo así de sencillo.

También jugaba el factor de que necesitaba un pequeño favor de su queridísima prima, un favor que necesitan asegurar cuánto antes.

Entrar a hurtadillas a su departamento solo un un plus para su diversión.

—Está en la habitación.—Soltó la rubia en automático sin signos de nada en su voz. Había aprendido a controlar sus emociones y ser totalmente consciente de si misma todo el tiempo, así evitaba tentar —o no tentar— a Gibrán.

Antes de darse cuenta sus piernas, como cohetes, se dirigían al cuarto queriendo romper aquel contacto. Necesitaba que salieran lo más pronto posible de su departamento.

Dejó la puerta abierta y comenzó a desordenar desesperadamente todo a su alrededor localizando el objeto. De pronto se percató de su error; le había dado la espalda a Gibrán.

Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

Una puerta se cerró con fuerza.

Volteó rápido, pero él le tomó el brazo ejerciendo presión excesiva en él.

—Odio que pienses que puedas dejarme solo cuando se te antoje.—Siseó entre diente. Le dijo a Gia que encendiera la televisión de la sala mientras iba con Autumn por la estúpida canasta. Ella se contuvo de quejarse del dolor, había aprendido a tolerar la angustia y el escozor.— ¿Realmente pensabas lastimarme con un cuchillo, Autumn?

Y con su mano libre lo extrajo del bolsillo.

Llevó a su menuda victima contra la puerta cerrada y la apretó contra él. Autumn no podía enfocarlo bien gracias a las lágrimas, su corazón golpeaba con fuerza y el aire se negaba a circular con su cuerpo.

Tenía miedo hasta de captar su aroma.

No podía apartar la mirada del rumbo de aquella hojilla. —Por no decir que jamás había tenido el valor de mirar a Gibrán a los ojo por más similitud que tuviera con los de Gia y los suyos.—

Soltó su brazo a sabiendas que el miedo no la dejaría moverse. Había logrado domesticar las reacciones de Autumn.

—Gia está afuera.—Le dijo suavemente, tratando de hacerlo entrar en razón.—Ella va a escucharte.

El semblante de Gibrán se tornó oscuro, eso la hizo temblar espectante.

Chasqueó la lengua y sonrió perversamente: —Gia no escucha nada que yo no le diga que escuche.

Alzó el rostro en su dirección mirándolo con asco:—Ella no es una mascota, Gibrán.

—Cállate.—Soltó y clavó el cuchillo en la puerta, a la altura de su cabeza y justo a un lado de esta, tomando como prisioneros algunos mechones de su dorado cabello. Autumn perdió el aire y sus piernas cedieron.

Gibrán no la dejó caer.

Ambos cerraron los ojos contando hasta diez.

Ella para no vomitar, él para prolongar la sensación que le causaba llevar a Autumn al borde de sus nervios.

Gibrán optó por permanecer de esa forma, con ella contra su pecho mientras acariciaba su cabello, exactamente con la misma mano en la que sostenía el minúsculo cuchillo.

—No me gusta pelear contigo, Jojo.—Dijo cínicamente sin permitirle alejarse, le gustaba Autumn temblando aún más que llorando. Porque las lágrimas sabía retenerlas, pero los espasmos de miedo no.— Así que esto es lo que haremos: hay una cena importante el sábado siguiente en la oficina.

Ella soltó un ligero sollozo. Gibrán sonrió besando su coronilla.

—Por favor.—Suplicó a pesar de saber que era lo peor que podía hacer.

—No llores,—Le dijo interrumpiéndola— no quiero que Gia note que has llorado.

—Por favor.—Repitió sintiendo que se ahogaba entre sus brazos. Gibrán presionó duramente su rostro contra su pecho, lastimando su nariz y acercando sus labios a su oído.

—Lo que sea que vayas a pedirme hazlo después de la cena.—Le dijo conteniendo la emoción que sentía en ese instante.— Necesito que seas una buena Autumn y hagas muy feliz al encargo que voy a darte, dulzura.

¿Serás una buena Autumn para mi, cierto?—Preguntó con cinismo bajando la mano que sostenía su cabello, ahora para sostener y apretar dolorosamente su pierna izquierda: —¿Cierto?

Su voz se tornó oscura, tenebrosa y sádica. Como naturalmente sonaba a los oídos de la chica presa del pánico y el dolor entre sus brazos.

—S-si.—Soltó bajo intentando no gritar.

Los encargos, prefería tolerar los encargos.

Gibrán, complacido, soltó a la chica dejándola golpearse contra el suelo. Le gustaba aquella imagen; la de Autumn arrodillada frente a sus zapatos.

La había tenido de esa forma innumerables veces.

—Entonces será mejor que lleve a Gia a la fiesta.—Dijo girando y tomando la canasta de la cómoda de Autumn. Ella ni siquiera alzó la mirada, se quedó así, sentada en el suelo, esperando a que saliera primero.

Levantarse solo lo provocaría.

Tomó el pomo de la puerta y la cuando se retiraba la escuchó respirar con alivio, eso detuvo su marcha.

Sonrió.

Autumn también se percató del detalle.

—Gibrán,—Le dijo retrocediendo— ¡N-no!

Pero este fue más rápido que ella y tomó su cabello en una mano, de espalda a él, Gibrán rasgó la camisa con la hojilla cortando en parte la piel de su espalda.

Ella misma cubrió su boca para ahogar el grito.

Gia estaba en casa.

Gia podía oírla.

—No me provoques, Autumn.—Le advirtió soltando el cuchillo en el suelo y presionando el corte en su espalda. Autumn sostuvo la tela de dejarla aún más desnuda y expuesta—Porque la única que no se divierte eres tú.

Deslizó los dedos sobre aquella línea superficial de la que brotaba una fina estela de sangre escarlata y tragó duramente.

Podía pasar horas de aquella forma, pero debía sacar a Gia de ahí. Así que se giró buscando el pañuelo de "casos de emergencia" que guardaba en su traje y salió azotando la puerta nuevamente.

Dejando a la menuda rubia temblorosa, herida e infeliz sobre aquel frío suelo.

Deseando como siempre hacerse del tamaño de una hormiga y desaparecer.

Iba a tener que volver a cambiar las cerraduras.


Leer previamente:
Capítulo Tres: Pequeño Monstruo — Jardín de Amapolas
Capítulo Dos: ¿Quién es Alan Roy? — Jardín de Amapolas
Jardín de Amapolas — Capítulo I: Una Llamada



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