Esta Guerra la ganó Mickey Mouse

in #spanishlast year
Tengo ligeros recuerdos emocionales de cómo la venezolanidad llegaba a mí, para sensibilizarme por ese espacio geográfico que pensaba, me pertenecía y que de alguna manera, les pertenecía como alguien único y colectivo.


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Todo eso que tuvo alguna vez sabor a tierra vernácula, se diluyo en la hiperculturización (concepto del filósofo surcoreano Byung-Chul Han) producto de la globalización. Atrás quedaron las aldeas originarias, con sus ritos, creencias y costumbres, lanzándonos al ruedo de la neutralidad occidental (¿), donde finalmente la imagen, el espectáculo y la era del vacío (concepto del filósofo francés, Gilles Lipovetsky) nos colocó en el marcado como una mercancía más de la aldea global.

Tenemos más relación y más contactos afectivos con gente que no conocemos por Instagram, que con los vecinos del edificio o con los vecinos de la cuadra donde vivimos. Es en las Redes Sociales donde vamos a ir desapareciendo lentamente, allí nos comportamos como un producto más que se exhibe, que busca lucir perfecto, que nos convierten en imágenes retocadas para recibir gratificaciones en forma de like.


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Dejamos de ser venezolanos porque no formamos parte de las culturas dominantes. Lo que fue un territorio absolutamente rico, es ahora nada en el universo del entretenimiento, porque actualmente, lo único que cuenta en el mundo es el divertimiento y la imagen. Somos simples náufragos, que quizás, pudiésemos ser rescatados por otros individuos de la aldea global en el mundo civilizado y pasar de ser una aburrida imagen 2D, a algo que tenga una efímera existencia, por un tiempo. Los 15 minutos de fama, pudiesen concentrarse en un casual meme, dentro de una sociedad totalmente infantilizada.

Los Estados Unidos marcan la pauta de la cultura global y nos indica cómo vestir, cómo pensar, que música escuchar, que cine mirar o qué libros leer. Lo hacen a través de su enorme abanico comunicacional y nos hacen creer que estamos escogiendo libremente y que tenemos libre albedrio, cuando en realidad estamos siendo conducidos, como corderos anónimos, a consumir lo único que ellos producen.

También son un regulador de cómo la sociedad debe comportarse en un mundo conservador y consumista. Por ejemplo, la poderosa empresa Disney, desde sus orígenes, promueven, en la forma más imperceptible, la homofobia en los niños de su sociedad y del mundo a través del “queer coding” donde todos los villanos, es decir, los malos malucos, son amanerados, evidentemente gays, fracasados y afeminados como en el caso de: El Capitán Garfio, Úrsula (de La Sirenita) fue diseñada inspirándose en Divine, la famosa estrella del drag, Shere Khan, el malvado tigre de El Libro de la Selva (1967); el príncipe Juan, de Robin Hood (1973); el profesor Rátigan, diabólico archi-enemigo del detective Basil en Basil, el ratón superdetective (1986); Jafar, de Aladdín (1992); Scar, de El Rey León (1994), el gobernador Ratcliffe, de Pocahontas (1995), o el mismo Hades de Hércules (1997).


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La gran maquinaria de entretenimiento norteamericana conoce bien su rol de control mundial y lo ejerce. En Latinoamérica, las únicas dos sociedades que pudiesen conservar algunos rasgos de su cultura originaria serían México y Brasil, el resto serán tragadas por la sociedad del vacío y la hiperculturalidad.

En el caso de Colombia hay una estrategia geopolítica. El costo de mantener las bases militares norteamericanas y permitirles el control de una zona tan vital, ha hecho que la industrial del vacío, haya invertido millones para insertar productos de imágenes colombianas en la sociedad global, que es muy poco exigente en calidad. Convierten a una Shakira, totalmente rubia y sin identidad bananera, en un artículo exótico dentro de los parámetros del mercado gringo. Luego vendrían otros subproductos como Juanes, Sofía Vergara, Maluma, J Balvin, Catalina Sandino (nominada al Oscar) que serían una forma de regalías políticas y que nada tiene que ver con sus talentos inexistentes.


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Eso mismo ocurrió con Corea de Sur, cuando tuvieron un incidente con sus bases militares y la restricción de las películas norteamericanas en suelo coreano. Acuerdos políticos para aliviar las tensiones entre Hollywood y Sur Corea, llevaron a productos de sospechosa calidad, al Top de las carteleras mundiales como lo fue el K-pop de Gangnam Style, luego tomaron unos chamos, les hicieron cirugías estéticas, los volvieron rubios y occidentales, y surgió BTS y finalmente le dieron el Oscar como mejor película a “Parásitos” convirtiendo a Corea del Sur en una nación influyente dentro de la hiperculturalidad.


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En el nuevo orden mundial, anunciado por la Modernidad Líquida de Zygmunt Bauman, en donde el Marxismo es imposible que dé frutos porque el proletariado ya no existe y las clases obreras desaparecieron en pro de la autoexplotación, cada individuo de las urbes, lo que quiere ahora es más trabajo y más dinero para poder consumir y consumirse como la imagen y el maniquí virtual que ya inevitablemente es, dentro de todo ese universo que habita en su teléfono móvil.

Apostar al discurso marxista o cualquier forma de la ética de la izquierda radical, es sumergirse en el más profundo fracaso dentro de la aldea global, ya que además tienen que lidiar con sus propios tumores gestado por los radicalismos progres que al perder el proletario, se convirtieron en feministas radicales, en millonarias empresas pro-abortos, en ideologías de géneros y gestaron un monstruo inútil como lo fue Greta Thunberg.


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Venezuela simplemente no existe, el otrora país petrolero ni siquiera produce gasolina para su consumo interno, sus jóvenes no tienen ninguna identificación con lo venezolano, ni les importa. Sus modelos culturales y sociales se los maneja Hollywood, Broadway y la maquinaria comunicacional norteamericana, que le da hasta licencia al K-pop, que nada tiene de asiático, para mantenerlos atrapados en imágenes de consumo global.

Las maquilas de los espectáculos en serie dominan el gusto del público mundial y ponen en crisis hasta el mismísimo teatro tradicional. En todas las carteleras de las grandes urbes exhiben, con la misma puesta de escena: Los Miserables, Frozen, Cats, Aladino, Peter Pan, Cabaret, El violinista en el Tejado, Mamma mía, Color Púrpura, Matilda, Tarzán, el Rey León...

Ni China ni Rusia juegan en el campo del entretenimiento global, sus sociedades reprimidas, represivas y represadas, son incapaces e inútiles de gestar productos al divertimento universal. Japón, por su resistencia cultural, comienza a rezagarse en este nuevo orden mundial y Europa se autoalimenta y está totalmente dominada y controlada por Disney y todo lo que hay detrás de Disney.

Este escrito, en las Redes Sociales tendrá mi propio destino, perderme en una imagen para siempre.

Rubén Darío Gil