La Lakala

in #spanish5 months ago

Anteriormente existían leyendas que solo apretujaban el corazón incauto de los niños. Eran traumáticas y fuertes, ya que agitaban con brío los lagos de nuestra mente. Las criaturas que emergían de las palabras de nuestros abuelos condenaban a nuestra imaginación a ser productiva, aunque rapaces eludíamos toda obra de la espantosa fantasía, el miedo hacía hincapié en nuestro ser y lo doblegaba a su antojo.

Una de esas leyendas que más me marcó, fue una que mi madre me contaba durante aquellas noches donde nos contábamos historias de terror. Me dijo que le había sido relatada por su abuelo, el cual, era un cuentista de pueblo de esos viejos que creía en espantos y apariciones. Dicha leyenda tenía de nombre “La Lakala”, la cual, contaba la historia del espíritu de una mujer que perdió a su hijo durante el embarazo, por el sufrimiento causado de un amor que la destrozó por completo; quien era el padre del bebé que esperaba.

Aquel odio y sufrimiento no la dejaron cruzar al más allá y se convirtió en un fantasma errante. Un alma vengativa castigada por el cielo a deambular por el mundo con el desprecio al que se arraigó. Sola caminaba por rumbos nocturnos e infernales, padeciendo envidia de aquellas mujeres embarazadas que si encontraron un buen amor, lastimando a sus maridos y arrancando a sus bebés de sus entrañas. Tan cruel y perversa. Tan temible y abominable, y por tales razones, los ángeles castigaron a aquél demonio por semejante ofensa a Dios.

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De las tantas historias que mi madre me contaba sobre la Lakala, hubo una que me causó el más lacerante horror, ya que, según ella me contaba, se trata de una historia que supuestamente de verdad pasó. El cuento habla sobre la señora Carina, quien era una vecina de este sector. Se decía que era una mujer muy reservada pero muy amable y con instinto maternal bastante fulgente. Aunque ella y su esposo se amaban mucho, se sentía deprimida constantemente porque no podía concebir. Muchas veces la pareja lo intentaba pero sin efecto satisfactorio final, hasta que ella cayó en una dolorosa tristeza.

Un día, ella estaba sentada sola en el pórtico de su casa, mirando la tarde y a los niños jugar mientras tomaba su café con galletas. De repente, una hoja verde del árbol de al lado de su casa se posó en su pierna y ella la miró sorprendida. Era increíble, porque lo vio como algo fantástico y comenzó a ver aquella hoja como un presagio benigno y lloró de alegría. Tan grande y poderoso fue su anhelo que se hizo carne y se gestionó dentro de su vientre.

Durante las semanas siguientes comenzó a presentar síntomas bastante particulares; ella pensaba: — ¡Oh Dios! ¿Será posible que sea verdad? —Inmediatamente doña Carina se lo dijo a su esposo, y para salir de dudas ambos, decidieron optar por el test de embarazo, en el cual, doña Carina dio positivo.

La pareja nunca había estado tan feliz; ¡Querían gritar, llorar, reír! Tenían un brote de diversas emociones juntas. Volvieron a su hogar y desde allí planificaron lo necesario para la llegada del bebé: Cunas, cortinas, juguetes, ropa, ¡hasta una andadera pequeña compraron! La habitación la amueblaron al gusto de Doña Carina. Habían decidido comprar ropa unisex puesto que no sabían si era niño o niña, al igual que los colores de las paredes. La emoción que cargaban no cabía en esos cuatro muros que con tanto amor abrazaron.

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Pasaban los meses y el embarazo evolucionaba, pero con algunas complicaciones; no solo durante la gestación, sino que también durante la relación de Doña Carina con su esposo. Ambos peleaban, se insultaban con crueldad. Ella a veces lo esperaba sola en su casa por las noches, ya que él empezaba a llegar muy tarde; al principio lo hacía esporádicamente, pero luego comenzó hacerlo más seguido. Ella simplemente se quedaba hundida en la preocupación, y comenzó a generar un odio y desprecio hacia él. El aborrecimiento en ambos optaba mayor jerarquía, tanto así, que pasaban periodos de tiempo prologados sin dirigirse palabra alguna.

Las personas que atestiguaban de manera parcial su relación, decían que no entendían como es que aquella pareja tan bella, respetuosa y llena de amor, se había convertido en dos seres que se detestaban hasta morir. Una influencia perversa había dado giros tortuosos en sus vidas, apartándolos hacia la oscuridad, esa era la forma de trabajar de la Lakala; la cual consistía en atestar a sus víctimas con la emoción más fuerte negativa, “el odio”; y luego abrumarlas con la tristeza y la confusión hasta debilitarlas, para después terminar con ellas de la manera más brutal.

Mi madre proseguía contándome que la Lakala infestaba con su presencia los dominios de un hogar, cuando una víctima se prepara para ser anfitrión es cuando su influencia aumenta en poderío, siendo prácticamente la única dominante de aquel espacio. Cuando los incautos caen en la fase de ansiedad y la tristeza, es cuando aquel espectro comienza con el acto más atroz de su trabajo; comenzando primero con el marido y luego con el descendiente en las entrañas de la madre.

Se dice que fue así como doña Carina perdió a su familia, y el mismo dolor, tanto emocional como corporal no la dejaron vivir, así que optó por el suicidio. También se cuenta que ella antes de morir vio el horrible rostro de la Lakala, una cara parecida a una parca, consumida y pálida, con los ojos hundidos y el rostro estirado. Con el cabello seco y enmarañado como la paja, portando una negrura que la cubría por completo, exceptuando su cabeza. El horror al verla frente a frente provocó que doña Carina se quitara la vida rápidamente, sin pensar, en siquiera un instante, en el error que cometía.

Fue así y similar a un parpadeo como aquella familia se extinguió, y mi mamá me contó la historia como si la hubiese vivido en carne propia; aunque, al parecer, ¡así fue! Mi madre decía ser muy amiga de doña Carina y su esposo, ella los conoció cuando eran buenos y felices incluso hasta sus últimos días de estocada final. Al analizar lo que les pasaba no pensó en otra cosa que en la Lakala, leyenda que ya conocía muy bien gracias a su abuelo. La presencia de aquel espíritu se sentía aún en aquella casa y recuerdo que cuando mi madre la observaba al pasar, se desvanecía por el pánico. Ese horror fue transmitido a mí, y ese relato jamás saldrá de mi memoria aunque la vejez quiera incentivarme a olvidar.

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