**Noches de Neón - Fractura hiperreal **

in #spanish6 years ago


FUENTE IMAGEN

Mi profesora de guion cinematográfico era partidaria de que de la práctica deviene maestría. Nos tenía todo el día escribiendo, haciendo ejercicios y analizando guiones de películas. Y yo por primera vez en veintitantos años de formación, cumplía y hacía los deberes. Era una cuestión de interés, claro está.

Una vez nos mandó realizar un ejercicio práctico: teníamos que hacer algo que nunca hubiésemos hecho y narrarlo. Así que al salir de clase unos pocos nos quedamos hablando de qué cojones podríamos hacer. Alguien tuvo la idea, creo que una muy buena amiga, de ir a un prostíbulo. Los allí presentes nunca habíamos pisado uno (o al menos eso dijo todo el mundo). El plan era entrar a tomar algo y ver cómo eran estos locales por dentro. De modo que quedamos en encontrarnos en una conocida plaza de la ciudad ya que cerca, según uno de los integrantes de la expedición, había uno. Y así lo hicimos. Cuatro chicos y dos chicas caminando por las lluviosas calles del Bilbao invernal en busca de una casa de putas. No encontramos el que buscábamos pero vimos un cartel pegado a una pared que anunciaba la inauguración de otro distinto.

La ley de atracción hizo su aparición.

Allí nos dirigimos.

Al llegar nos pusimos a la cola para entrar y el guardia de seguridad se acercó a las chicas del grupo y les dijo que no podían entrar. Le insistimos mucho pero no cedió.

"Cuestión de competencia" decía.

Las chicas eran lesbianas, gracioso.

Pensamos en no entrar nadie pero ellas dijeron que debíamos entrar los demás e insistieron hasta convencernos para dejarlas esperándonos en un bar cercano tomando una cerveza.

Entramos los cuatro chicos.

Recuerdo los tonos de rojo neón.

Recuerdo la barra del bar, a la izquierda. Estaba repleta de canapés. A mí me dio asco. En algún lugar de mi cerebro hay algo que siente nausea al mezclar las ideas "sexo" y "comida".

Recuerdo los televisores de plasma, transmitiendo porno constantemente. Recuerdo a los clientes: hombres maduros todos, estereotipados como el típico que tildarías de putero.

Recuerdo a las prostitutas. Estaban haciendo una larga fila al fondo, esperando que alguien se acercase a ellas, visiblemente aburridas. Un par de ellas charlaban con dos de estos tipos.

Nos acercamos a la barra y pedimos unas cervezas. "Son gratis" dijo el camarero, "es por la apertura".

Nos reímos y brindamos.

Charlamos de cosas insustanciales durante un rato, bebiendo, en evidente estado de alerta.

Como gatos en una perrera.

Una preciosa mujer vestida de rojo nos miraba desde el fondo.

Recuerdo haber pensado, pretenciosa y honestamente, que de todo lo visible cualquiera de nosotros era la mejor opción.

Recuerdo haberme sentido por un momento éticamente superior.

Otra de las chicas se acercó a nosotros. Se puso a hablar con Oscar, el mayor de la expedición. Un tipo de treinta y pico por aquel entonces, siempre envuelto de por un aura de tristeza y al que varios de la escuela de cine apodaban (a sus espaldas) "el vampiro". Hablaron por cinco minutos y Oscar se fue con la chica.

El resto pasamos de la incredulidad a la risa y pedimos otra cerveza.

Yo no podía dejar de sentir cierta opresión en el ambiente del local. Un aire de sordidez que difícilmente podía respirar.

Y mucha tristeza.

No quería en ningún caso ser nunca uno de los hombres que estaban allí.

Se me acercó la mujer de rojo y me habló al oído.

"¿Que tal?" me dijo.

"Bien pero sólo vine a tomar una cerveza".

"15 euros y te hago una paja. Si no te corres, no pagas."- Me dijo.

"No, gracias". Concluí.

Se marchó y se puso a charlar con un hombre orondo y sudoroso.

De nuevo sentí mucha tristeza.

Mis compañeros se reían de lo sucedido. Yo apuré mi cerveza.

Oscar no tardó en salir y nos marchamos del local.

En el metro, de camino a casa, no podía dejar de pensar en la mujer de rojo.

En su tristeza y su belleza.

En su soledad.

Y no podía parar de proyectarme al futuro. Me veía sin cesar como un alma en pena, dudando que nadie pudiera cargar con semejante saco de tristeza trascendental.

Me veía abrazando un estereotipo.

Me veía vagando entre neones.

Me veía buscando a la mujer de rojo con la excusa de aliviar su soledad.

Sort:  

nada nos atrae más que la fatalidad, jajaja, como si en realidad no fuera la propia fatalidad de nuestra muerte lo que más nos conmueve.
Buena prosa!

Claro...lo sucio y trágico tiene cierto sabor bohemio. Es la estética de los desheredados. O de los que nunca hemos tenido nada que heredar. Nos conmueve esa idea y nos atrae como el vacío. O simplemente no sabemos gestionar la realidad.