
La calle, poco transitada, el calor de Octubre, es traicionero, te das cuenta cuando llevas andando media hora y notas el calor y escozor en el cuello expuesto al mismo y decides que no quizás no es tan buena idea el paseo y tomas la decisión para acortar el mismo en busca de la sombra y refugio del hogar.
Hay un atajo por el puente nuevo sobre las viejas vías, hoy en día soterradas, por debajo de los pilares, hay un camino poco transitado, excepto por algún viandante avezado y alguna pareja despistada buscando intimidad y estando expuestas en una panorámica de 360 a los ojos de todos(pero eso es otra historia)
Transcurre el camino una vez pasado el puente paralelo a las vías. El paneleado, está sembrado de grafitis, muy de principiantes, y algunos de dudoso gusto, con alguna excepción brillante. Hay unos chicos con anillas que practican ejercicios imposibles. Sigo a buen paso, el descampado a continuación que es el último tramo a pleno sol antes de la seguridad de mi barrio, está por delante.
Hay a lo lejos unos chicos, con motos y patinetas, me alejo de ellos, cruzando en vertical la extensión del descampado. Inesperadamente, uno de ellos al notar el cambio de rumbo intencionado para evitarlos, se acerca a mi. Me pongo en tensión y me quito los cascos, no tendrá ni quince años, es gordito, muy moreno y lleva ropa muy de abrigo para el calor que hace que apenas le cubre las espléndidas lorzas que luchan por escapar del exiguo ropaje.
Me observa con una mezcla de interés y socarronería, parece que es capaz de vez más allá de mi aspecto, el niño apocado que cruzaba a toda vela los terrenos que luego fueron el parque del oeste. Me chulea, acelera la moto y levanta polvo en el suelo del secarral, sale, parece que se aleja, pero no, vuelve, está acelerando, detengo mi paso y me pongo a la defensiva.
Cuando está a unos metros de mi, suelta gas y derrapa, en una parábola imperfecta alrededor mía, que una vez acabado el sonido del motor, fue sustituido por un pedo sonoro, vibrante, técnicamente perfecto, que simuló el ruido del motor, hasta justo el momento en el que satisfecho, paró delante mía y partió tan rápido como llegó, tras una sonora risotada que me sonó a hipopótamo, justo en el mismo momento, que me empezaron a llegar, los primeros efluvios de podrido del cocido.
