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Why do we wait for the coffin to stop being so stingy with our souls?
There she is, standing tall and silent, held in a hand that seeks neither the applause of the gallery nor the flash of a camera to show off a showcase romance. What I see is a beautiful and terrible contradiction, for the deep crimson of a rose that seems to have drunk the oldest wine, held by the fingers of a man who squeezes it with a mixture of respect and urgency. It is not a photo from a Valentine's Day catalogue, one of those that they want to shove in our faces every 14th of February as if affection were a product with an expiry date and a barcode. Rather, it is the portrait of a fleeting moment, because that flower, which today shows off its velvety petals, tomorrow will be a withered memory, a handful of wilted petals that will end up decorating oblivion.

Image of the week, courtesy of Pixabay.
I feel a strange ‘chill’ in my soul when I see that it is a man who carries it, but not to deliver it as if fulfilling a formality, but as someone who recognises his own fragility. In our homelands, where machismo sometimes sticks to us like saltpetre to the skin, we were taught that men are made of steel, axes and machetes, and that flowers are ‘women's stuff’. What a supreme waste of time! A man also has the right to have his ranch sweetened with a scent other than sweat or petrol, to receive a gift that reminds him that his strength does not lie in the hardness of his knuckles, but in his ability to care for the delicate. It makes me tremendously nostalgic to think how many ‘brothers’ have left this world without anyone placing a flower in their hand while they still had the pulse to feel its freshness.
I am reminded of the story of Don Eustaquio, an old man from my neighbourhood from my beloved Venezuela..., tougher than a sancocho de tuerca, who always said that flowers were for funerals. On his eightieth birthday, his granddaughter, breaking with all the rules of the house, pinned a red rose on the lapel of his guayabera shirt. The old man was stunned, his eyes welled up with tears, and with a broken voice, he uttered a truth that still resonates with me: ‘I was so careful not to appear weak, and it turns out that I was missing out on the most beautiful things in life out of sheer pride.’ A week later, Don Eustaquio passed away. At the wake, the coffin was covered with expensive wreaths of flowers, a display of petals that he could no longer smell or appreciate.
That is the great tragedy of our humanity: we are experts at bringing entire gardens to the dead, yet we become completely stingy with the living. We spend a fortune on funeral pomp to ease the guilt of not having said ‘I love you’ in time. Why wait for the cold of the grave to freeze our feet before letting go of the bouquet? That rose in the picture has its days numbered, just like us. It is not a symbol of movie-like love, it is a metaphor for how life slips away in the blink of an eye and that commercial anniversaries are nothing more than an invention to take our money while our hearts dry up from so much lack of real affection. We must give flowers today, even if it is not a special day, even if the calendar does not say so, because tomorrow, tomorrow the rose will be nothing but dust, and we, perhaps, will be too.
Come ɑnd pɑɾticipɑte becɑuse γou still hɑve time…
A Pictuɾe Is Woɾth A Thousɑnd Woɾds

Cover of the initiative.
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I am dedicated to all those who contribute daily to make our planet ɑ a better world.


¿Por qué esperamos al ataúd para dejar de ser tan pichirres con el alma?
Ahí está ella, erguida y silenciosa, atrapada en una mano que no busca el aplauso de la galería ni el flash de una cámara para presumir un romance de vitrina. Lo que veo es una contradicción hermosa y terrible, pues, el carmesí profundo de una rosa que parece haber bebido del vino más añejo, sostenida por los dedos de un hombre que la aprieta con una mezcla de respeto y urgencia. No es la foto de un catálogo de San Valentín, de esos que nos quieren meter por los ojos cada catorce de febrero como si el afecto fuera un producto con fecha de vencimiento y código de barras. Es, más bien, el retrato de un instante fugaz, porque esa flor, que hoy presume su terciopelo, mañana será un recuerdo marchito, un puñado de pétalos "pochos" que terminarán adornando el olvido.

Imagen de la semana, cortesía de Pixabay.
Siento un "fresquito" extraño en el alma al ver que es un hombre quien la porta, pero no para entregarla como quien cumple un trámite, sino como quien reconoce su propia fragilidad. En nuestras tierras de origen, donde el machismo a veces se nos pega como el salitre a la piel, nos enseñaron que el hombre es de acero, de hacha y machete, y que las flores son "vainas de mujeres". ¡Qué pérdida de tiempo tan soberana! Un hombre también tiene derecho a que le endulcen el rancho con un aroma que no sea a sudor o a gasolina, a recibir un detalle que le recuerde que su fuerza no está en la dureza de los nudillos, sino en la capacidad de cuidar lo delicado. Me da una nostalgia tremenda pensar cuántos "panas" se han ido de este mundo sin que nadie les pusiera una flor en la mano mientras todavía tenían pulso para sentir su frescura.
Me viene a la memoria la historia de Don Eustaquio, un viejo de mi barrio, de mi Venezuela querida..., más duro que un sancocho de tuerca, que siempre decía que las flores eran para los entierros. El día que cumplió ochenta, su nieta, saltándose todos los protocolos de la casa, le puso una rosa roja en la solapa de su guayabera. El viejo se quedó de una pieza, se le aguaron los ojos y, con la voz entrecortada, soltó una verdad que todavía me retumba: "Tanto que me cuidé de no parecer flojo y resulta que me estaba perdiendo de lo más bonito de la vida por pura soberbia". A la semana, Don Eustaquio se nos fue. En el velorio, el ataúd estaba tapado en coronas de flores carísimas, un despliegue de pétalos que ya él no podía oler ni agradecer.
Esa es la gran tragedia de nuestra humanidad, somos expertos en llevarle jardines enteros a los muertos y nos volvemos unos "pichirres" totales con los vivos. Gastamos una millonada en pompas fúnebres para aliviar la culpa de no haber dicho un "te quiero" a tiempo. ¿Por qué esperar a que el frío de la fosa nos congele los pies para soltar el ramillete? Esa rosa de la imagen tiene los días contados, igual que nosotros. No es un símbolo de un amor de película, es la metáfora de que la vida se nos va en un abrir y cerrar de ojos y que las efemérides comerciales no son más que un invento para sacarnos los cobres mientras el corazón se nos pone seco de tanta falta de afecto real. Hay que regalar flores hoy, aunque no sea día de nada, aunque el calendario no diga que toca, porque mañana, mañana la rosa será solo tierra, y nosotros, quizás, también.
Ven a participar, aún estás a tiempo…
Una imagen vale más que mil palabras

Portada de la iniciativa.
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Dedicado a todos aquellos que contribuyen, día a día, a hacer de este planeta un mundo mejor.


A Pictuɾe Is Woɾth A Thousɑnd Woɾds

Cover of the initiative.
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¿Por qué esperamos al ataúd para dejar de ser tan pichirres con el alma?
Ahí está ella, erguida y silenciosa, atrapada en una mano que no busca el aplauso de la galería ni el flash de una cámara para presumir un romance de vitrina. Lo que veo es una contradicción hermosa y terrible, pues, el carmesí profundo de una rosa que parece haber bebido del vino más añejo, sostenida por los dedos de un hombre que la aprieta con una mezcla de respeto y urgencia. No es la foto de un catálogo de San Valentín, de esos que nos quieren meter por los ojos cada catorce de febrero como si el afecto fuera un producto con fecha de vencimiento y código de barras. Es, más bien, el retrato de un instante fugaz, porque esa flor, que hoy presume su terciopelo, mañana será un recuerdo marchito, un puñado de pétalos "pochos" que terminarán adornando el olvido.

Imagen de la semana, cortesía de Pixabay.
Siento un "fresquito" extraño en el alma al ver que es un hombre quien la porta, pero no para entregarla como quien cumple un trámite, sino como quien reconoce su propia fragilidad. En nuestras tierras de origen, donde el machismo a veces se nos pega como el salitre a la piel, nos enseñaron que el hombre es de acero, de hacha y machete, y que las flores son "vainas de mujeres". ¡Qué pérdida de tiempo tan soberana! Un hombre también tiene derecho a que le endulcen el rancho con un aroma que no sea a sudor o a gasolina, a recibir un detalle que le recuerde que su fuerza no está en la dureza de los nudillos, sino en la capacidad de cuidar lo delicado. Me da una nostalgia tremenda pensar cuántos "panas" se han ido de este mundo sin que nadie les pusiera una flor en la mano mientras todavía tenían pulso para sentir su frescura.
Me viene a la memoria la historia de Don Eustaquio, un viejo de mi barrio, de mi Venezuela querida..., más duro que un sancocho de tuerca, que siempre decía que las flores eran para los entierros. El día que cumplió ochenta, su nieta, saltándose todos los protocolos de la casa, le puso una rosa roja en la solapa de su guayabera. El viejo se quedó de una pieza, se le aguaron los ojos y, con la voz entrecortada, soltó una verdad que todavía me retumba: "Tanto que me cuidé de no parecer flojo y resulta que me estaba perdiendo de lo más bonito de la vida por pura soberbia". A la semana, Don Eustaquio se nos fue. En el velorio, el ataúd estaba tapado en coronas de flores carísimas, un despliegue de pétalos que ya él no podía oler ni agradecer.
Esa es la gran tragedia de nuestra humanidad, somos expertos en llevarle jardines enteros a los muertos y nos volvemos unos "pichirres" totales con los vivos. Gastamos una millonada en pompas fúnebres para aliviar la culpa de no haber dicho un "te quiero" a tiempo. ¿Por qué esperar a que el frío de la fosa nos congele los pies para soltar el ramillete? Esa rosa de la imagen tiene los días contados, igual que nosotros. No es un símbolo de un amor de película, es la metáfora de que la vida se nos va en un abrir y cerrar de ojos y que las efemérides comerciales no son más que un invento para sacarnos los cobres mientras el corazón se nos pone seco de tanta falta de afecto real. Hay que regalar flores hoy, aunque no sea día de nada, aunque el calendario no diga que toca, porque mañana, mañana la rosa será solo tierra, y nosotros, quizás, también.
Ven a participar, aún estás a tiempo…
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Completely stingy with the living...
Sad but true. Can be we believe that those alive will never die and there's plenty of time. To me the photo looks way more like a funeral.
I imagined the same thing at first, but since the photo was posted on Valentine's Day, many people took that route. I focused on the flowers that are taken to the cemetery rather than those that a person receives in life. Thank you for taking the time to leave this comment. Blessings.
A beautiful reflection spurred by this image.
In the U.S. too men need to be offered an image of nurture as manliness, rather than the ability to destroy.
Certainly, we have strayed from the path; those teachings you mention are a priority, without falling into the feminisation of men, but rather humanising them to make them more sociable.
Thank you for your comment. Blessings.
@amigoponc, I'm refunding 0.021 HIVE and 0.000 HBD, because there are no comments to reward.