La última función del payaso (Relato corto)

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La última función del payaso

Anochecía cuando el payaso entró a la carpa desgastada, sucia y raída del circo. Las gradas estaban vacías, las luces apagadas, solo el ruido de los grillos se escuchaba en mitad del silencio. Pensó en todo el tiempo y dinero que había invertido en aquel espacio que había sido por mucho tiempo no solo su lugar de trabajo sino también su hogar. Aquella noche había sido su última función y como desde hacía meses, nadie había ido a verlos. Inevitablemente: debían cerrar, recoger la carpa, desistir.

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Se detuvo un instante en el descanso de las escaleras del trapecista y se descubrió escuchando, como si el alma fuera un oído inmenso, al animador anunciar el comienzo de la función y a la chiquillería gritar sorprendida ante algunos actos que creían asombrosos. El payaso, debajo de su maquillaje, ocultó su pena y se descubrió sonriendo con el recuerdo de cada función, cada ciudad visitada, cada espectáculo lleno: estar aquí y allá. En algún momento tenía que mirar atrás, pensó. ¿Con que se quedaban los nómadas? Con una puerta cerrada, se respondió amargamente.

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Al principio fue color, música, zancos, ferias. Pero en los últimos meses cada vez menos color: ya nadie quería ir a los circos. Entonces los enanos, la chica comefuego, la de plástico, la barbuda, el mago, el trapecista, los leones y hasta las hormigas amaestradas se largaron dejando la carpa más deslucida y sola. El payaso, como una sombra en la noche oscura, tuvo nuevamente la sensación de desarraigo y orfandad: era la sensación de haber perdido las llaves de aquella puerta cerrada del nómada

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Como pudo, se incorporó y fue hasta la mitad del circo. Allí cerró los ojos y al abrirlo sintió que estaba en otro tiempo, en tierras lejanas. De nuevo se encendieron las luces y poco a poco fueron llegando los espectadores. Nadie podía faltar a la última cita: el circo era un lugar maravilloso que le daba cierto vestigio de eternidad a la gente. De pronto, el payaso, con los ojos cerrados, alzó la voz y fue el mismo de siempre: dentro de él escuchó en las gradas, la risa y los aplausos del público.

HASTA UNA NUEVA OPORTUNIDAD, AMIGOS

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Entre la tristeza y la compasión, tu relato nos conmueve, @nancybriti. Podría ser una alegoría de muchas vidas y empresas humanas en mengua, ante la cual solo la memoria afectiva o la imaginación alcanzan a dar algún aliento. Un abrazo.