Me quedé un rato parado en la esquina, mirando ese cartel de Dalton que todavía cuelga, medio descolorido por el sol. Diez años es mucho tiempo, pero en mi cabeza el lugar seguía igual.
Me acordaba de las mesas pegadas a la ventana, del ruido de los platos y de esa luz amarillenta que te hacía sentir en casa apenas entrabas. Antes de irme de la ciudad, este era mi refugio. Acá planeamos viajes que nunca hicimos y arreglamos el mundo mil veces entre cervezas y cafés que se enfriaban.

Ahora, ver la persiana baja y llena de grafitis me dio una puntada en el pecho. Alguien escribió "Munay" y "Pink" sobre los vidrios donde antes nos apoyábamos a ver pasar a la gente. Arriba, el cartel de la inmobiliaria dice que el terreno se vende, como si todos esos recuerdos se pudieran tasar por metro cuadrado.
Me quedé mirando la moto estacionada, el sol pegando fuerte en la vereda y me di cuenta de que volver tiene esa trampa: uno espera que las cosas lo estén esperando a uno, intactas. Pero la ciudad siguió sin mí. El bar ya no está, y el pibe que se fue hace una década tampoco es el mismo que está hoy parado en esta vereda de baldosas flojas.
Saqué el celular y saqué la foto. No para mostrar lo que quedó, sino para no olvidarme de que alguna vez, en ese edificio gris, fui muy feliz.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.


Cambia, todo cambia.
Saludos amigo @vgalue.