El loro de Cristal (Capítulo 2)

in #spanish3 months ago

Con todo, empezaba a tener la certeza de ser algún día devorada como el pobre Twist...
Y la tenía a pesar de la calidez gastada de su jaula hogareña, y de la red que amortiguaba cualquier caída. Una red que se extendía por las cuatro paredes llenas de fotos y algún póster todavía de su habitación hasta la compañía, que empezaba a convertirse en cerco intimidatorio, de la buena de mamá y sus cariños. Una necesidad, la de los cariños, que tenía más su madre que la que Cristal tenía ya de recibirlos.
Y la tenía a pesar de la abuela, con su mirada cansada pero aún llena de vitalidad y secretos que la hacían a veces parecer más joven. Y a pesar de su hermana, a quien seguía sintiendo lejana y algo extraña, como esos amigos de la infancia con los que compartimos todo en aquella etapa y hoy sólo son literatura ya leída de nuestras páginas de vida, y poco más.

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Cristal tras el cristal

Las primeras frustraciones se le empezaban a hacer insoportables, e intuía en ellas que no eran sino la punta del iceberg contra el que, como un pequeño Titanic, chocaría sin remedio. Y ese miedo la hacía actuar cada vez más como alguien a quien no reconocía su espejo, aquella chiquilla de ojos llenos instalada permanentemente en el tiempo de la rebeldía, la pandilla y la Historia interminable de Ende.
Esa mañana, casi sin darse cuenta, Cristal había metido el vestido rojo, ése que siempre guardaba para ocasiones que consideraba especiales, en la bolsa de viaje. Era el último día de contrato en aquella discoteca de verano donde trabajaba poniendo copas, alzada en unos endiablados tacones que jamás dominaría en una distancia mayor que los pocos metros de barra que le correspondían por dominio cada noche. No se lo había dicho a nadie, aunque a punto estuvo (se sorprendió por ello) de contárselo a su hermana. Cuando esa noche acabara de trabajar, no se quedaría a la copa de despedida del contrato, del verano, y de ella misma, con los demás. No volvería cansada por el camino de siempre, sino que enfilaría el que siempre quiso tomar, el de la escapada.
Con la mano temblorosa agarrando el asa del macuto, se acercó sin mirar atrás, soltera de sal y de Lot, a la puerta. Pero, cuando iba a girar el pomo, oyó algo. Primero le pareció un balbuceo gutural e incomprensible que, sin embargo, le resultaba familiar. Después el grito. Y por fin, la frase. Cada vez más cercana. Una y otra vez, y otra, y otra más:
¡Quieta, Cristal, que te vas a caer. Quieta!... [CONTINUARÁ]

(c) Domi del Postigo / www.domidelpostigo.es