El loro de Cristal (Capítulo 3 y... ¿Final?)

in #spanish3 months ago

¡Quieta, Cristal, que te vas a caer. Quieta!...
No había duda. Era su voz, su tono, su manera cansada pero firme de regañarle con ese cariño invencible de los abuelos. Cerró los ojos para localizar desde donde le hablaba, y entonces lo supo. Aquellos gritos provenían de la terraza. Casi sin darse cuenta otra vez (le pasaba mucho eso últimamente) Cristal soltó la carga. Toda la carga. Y sin detenerse a pensar corrió hacia esa voz que para ella bajaba del cielo, a cuyas puertas llevaba llamando toda su adolescencia para conseguir respuestas. Las abrió; abrió las puertas de la terraza, y allí estaba...

Era un ejemplar formidable, de plumaje verde y brillante. Sin duda se trataba de un loro amazónico, no africano. Hablan mucho mejor, y viven más tiempo. Su memoria es prodigiosa. La vecina de al lado no dejaba de aporrear la puerta y de llamar al timbre. Gritaba. Había ocurrido ya otra vez que el loro se le había escapado por la ventana y había entrado en la casa contigua por la terraza, volando con torpeza de ave presidiaria, hasta llegar a meterse dentro y pararse en una de las volutas doradas de la lámpara del salón. Cristal lo recordaba ahora perfectamente. Ella no tendría más de seis años cuando ocurrió. Intentó subirse a la mesa grande desde una silla y el abuelo, cansado como siempre aunque firme, le gritó varias veces: ¡Quieta Cristal, que te vas a caer! ¡Quieta!...
Esta vez, casi sin darse cuenta y con una pericia que jamás creyó tener, Cristal se desprendió de la camisa y se la arrojó al animal. Una vez cubierto por la tela el loro se calló cuando cayó al suelo. Cristal lo recogió dentro de la camisa con cariño, como si abrazara un ser querido, y con el ave cuidadosamente en sus brazos abrió la puerta de la casa.

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Cristal...

Cristal le devolvió el loro a la vecina, una mujer mayor escondida tras sedimentos de maquillaje a la que siempre llamaban la señora de al lado. La mujer con rostro de máscara lo agarró con una manopla enguatada de algodón, y le habló como una madre anciana y bíblica hablaría a su pequeño milagro: Uhmnn, mi tesoro. ¡Ay!, mi pequeño tesoro...
La señora de al lado ni se había dado cuenta de la semidesnudez de Cristal, cuyos pechos breves pero rotundos, rebeldes en su humildad como su dueña, subían y bajaban delicadamente, con su respiración algo agitada aún por la maniobra cazadora. Fue entonces, en el momento en que la mujer se volvió para marcharse, cuando Cristal notó la mirada de alguien que parecía esperar el ascensor, aunque la cabina ya estaba parada en ese piso.
Por primera vez en toda su vida, Cristal aguantó una de esas miradas, separó los dos brazos que, mecánicamente, había situado delante de sus pechos para evitar su desnudez, y sintió los ojos del muchacho en sus pezones.
Con desenvoltura sonrió, se giró despacio y tiró de la puerta. Esperó con la oreja puesta hasta escuchar, divertida, cuánto tardaba en cerrarse la puerta del ascensor. Luego, con la camisa echada sobre un hombro a manera de hatillo, recogió la bolsa de viaje del suelo, miró hacia la terraza, y se dirigió a su habitación...
Mientras ordenaba su armario, guardando ahora la ropa que antes había sacado, tuvo la rara sensación de haber vuelto de un largo viaje.

(C) Domi del Postigo / www.domidelpostigo.es

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