Santi...

in #spanish5 months ago (edited)

Santi olía a sudor mezclado con un pachuli no sólo pasado de moda sino de fecha de caducidad. Olía a vida gastada, a melancolía, a esa tristeza desagradable que no huele quien la padece pese a que advierte de su derrota a los demás.

Le abracé al salir del coche. Me había reconocido cuando yo estaba parado ante el semáforo en rojo. Al verle, giré el volante a la derecha y aparqué subiendo dos ruedas sobre la acera.

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Amigos que aún caminan un mismo camino...

El rostro de Santi, huesudo, cetrino, malencarado y con el pelo grasiento, chorreando suciedad y brillantina, me devolvió a los primeros años de la adolescencia y juro que, en ese momento, en un coche que pasaba con la ventanilla abierta a nuestro lado, sonó la canción El lago de Triana...

Santi no se esperaba mi abrazo. Tampoco yo. Quizá no le abrazaba a él sino a mí mismo por cuando éramos amigos en el colegio, dos chavales del mismo barrio obrero y sin árboles, generación intermedia creciendo para ser nadies sin saberlo ni importarnos.

Le abracé con fuerza, pese a su desagradable aspecto. Al no esperarlo trastabilló un poco y se le cayeron los dos paquetes de kleenex que apretaba en una mano y que iba ofreciendo a los vehículos que paraban en el semáforo de una avenida cercana a la calle donde vivimos durante años. Yo venía de ver a mi madre, ya enferma, y por dentro tenía todas las puertas de la emoción abiertas a una visita sentimental a mi infancia. Fue entonces cuando aquel tipo alto y anómalamente famélico, de mirada altiva pese al obvio deterioro físico, me dijo: “Fite el Posti…, ¿Qué hace, tío?”

Fue él quien me conoció mirándome desde fuera mientras yo miraba hacia adentro, y del sitio donde yo miraba sin ver casi nada a mi alrededor emergió Santiago, pasajero de tercera del tren de la memoria al otro lado del teléfono de aquel recuerdo de noches de insomnio estudiantil…

Con Santi aprendí que lo que no somos capaces de hacer por nosotros mismos lo podemos hacer si lo hacemos por los demás. Con él aprendí que ayudando al otro nos ayudamos a nosotros mismos, que cuando creemos que estamos beneficiando a alguien dedicándole nuestro esfuerzo también nosotros nos beneficiamos, ejercitando el músculo que más adelante soportará el peso de nuestra existencia cuando la vida diga “aquí estoy yo”. Y uno de esos momentos estaba yo viviendo cuando me encontré a Santí. O, mejor, cuando él me encontró ante un semáforo en rojo.

Cuando coincidimos en el colegio Santi ya llevaba un año de retraso. No sólo era el más alto de la clase por envergadura, también el mayor por edad y casi viejo por vivido. Conocía ya del sexo de la peor manera. Pasaba más tiempo fuera de su casa que dentro porque se sentía más seguro fuera. No tenía amigos, sólo algunos acompañantes sumisos que por temor le servían sin que él lo pidiera. No eran una corte, ni una pandilla, sólo gusanos junto a un animal herido, moscas alrededor de un pastel o “de una mierda” como él me respondió cuando un día hablamos de su gleba (tras salir esa palabra en clase de Sociales).

Yo no quería que Santi volviera a repetir ni que le echaran de mi colegio en 7º de la EGB. Quería que pasara de curso conmigo porque, no sé ni cómo ni a ninguno de los dos parecía importarnos, nos hicimos amigos. Santi me enseñó lo que creía necesario para que yo no pareciera un gilipollas frente a los opositores a delincuentes y yo intentaba con determinación que superara los exámenes. Así fue como, tratando de ayudarle, Santi me ayudó…

Yo le llamaba por las noches cuando teníamos alguna prueba para que estudiara y no se acostase. No había teléfonos móviles por aquel tiempo. En las casas solía haber un teléfono conectado a la pared por cable en el salón y otro, al que llamábamos supletorio, en el dormitorio de los padres. En la casa de Santi los padres no tenían supletorio en el cuarto. Para nosotros era mejor. Sólo sonaba el teléfono del salón y si estaba cerrada la puerta del pasillo no llegaba el timbre ni la voz a molestar a quienes dormían. La maniobra era sencilla: yo me mantenía despierto para mantenerlo despierto. Le daba trucos para subrayar lo esencial del temario. Le trataba de meter en la cabeza las definiciones que sabía que serían preguntas de examen con todas las reglas nemotécnicas que se me ocurrían y nunca le soltaba la mano en la distancia de la cuerda invisible que yo sabía que le unía al colegio, al futuro, a mí. Una cuerda que podría salvarle de caer en el abismo que como todo abismo llama a otro abismo y se hace tan profundo que luego resulta imposible volver a luz alguna. Una cuerda que podría convertirse en un látigo en sus manos cada vez más adultas o en su propia soga del ahorcado.

Nos pasamos algunas noches colgados del teléfono. Yo saqué casi siempre buenas notas. Él abandonó el colegio antes de terminar octavo, el último curso, con dos de séptimo pendientes. Visto en perspectiva, Santi luchó y tuvo mucho más mérito que yo, pero la derrota le alcanzó, aunque lo hizo sin furia, con fría crueldad natural, quizá porque jamás se rindió y porque, pese al paso y el adelantado deterioro de los años, siguió teniendo cierta aura de héroe de barrio. Incluso cuando estaba alzando el brazo junto al semáforo con los dos paquetes de kleenex en la mano, el día que me encontró.

No le volví a ver nunca más...


El Lago (Triana)

(c) Domi del Postigo / www.domidelpostigo.es

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