Crónicas de Mar Negro

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Algunas personas se ponen tristes o incómodas con las despedidas. A mí, en cambio, me desagradan las presentaciones.

Dudo que, en primera instancia, a nadie le interese conocer el nombre de un extraño. Sí, no niego que los nombres poseen cierta magia, pero un poder similar o mayor puede esconder un aroma, una imagen sin edición, una risa contenida que se escapa por la comisura de la boca, un acento cantarín, una piel de alambre de púas o de lana, el sabor de esa piel cuando suda durante el sexo. Así podría continuar hasta el infinito ¿Para qué quieren mi nombre cuando ya saben que vengo a desangrarme ante ustedes?

En fin, me llamo Braulio Pérez Lugo. Como en mi país muy poca gente se llama así, solía pensar que mi nombre era extravagante. Sin embargo, un día, utilizando el buscador de facebook me di cuenta de que existían cinco personas en el mundo llamadas exactamente igual que yo (que conste que no seguí bajando en el listado por temor a encontrar más Braulios Péreces Lugos, así que dejémoslo en cinco personas). Es difícil procesar que, en este mismo instante, existe otro ser humano con distinta nacionalidad, fobias, filias, cepillo de dientes (¿Recordará cepillarse tres veces al día y después de cada comida?), pero que cuando en la calle un conocido lo saluda, lo hace de esta manera: “¡Eh, háblate el Braulioooo!”. O cuando un policía le pide el carnet de identidad, soy yo quien aparece ahí, solo que con otra cara, otra dirección otros padres y otra huella dactilar ¿Quién sabe si alguna seductora muchacha (o mancebo, quién adivinará sus gustos) habrá gritado mi nombre en una cama de otro continente mientras los muelles del colchón rechinan? Una cama en la que nunca he dormido.

Tampoco vayan a pensar que mi nombre me desagrada. Todo lo contrario, varias veces he escudriñado dentro de los diccionarios en busca de su significado. En algunos se traduce como “el que resplandece”, en otros, “el brillo de la espada”, detrás de todos estos pirotécnicos y rimbombantes adjetivos hay una verdad elemental: mi madre me puso así porque Braulio era un cantante que le gustaba y del cuál yo no he escuchado ni una mísera canción. Mis apellidos tienen aún menos de trascendental, según asegura un amigo mío, mi apellido materno (Lugo) tiene algo de abolengo español. Yo aseguro todo lo contrario. Por lo que he averiguado, incluso si retrocedemos hasta Adán, todos mis ancestros por parte de madre siempre han sido campesinos y mis antepasados paternos, negros traídos de África (Cuando tenía seis años, convencido, como todos los niños de esa edad, de mi nobleza natural, me inventé que el padre de mi abuela paterna había sido un príncipe africano).
Otra razón por la que no me gustan las presentaciones es que, semejante al hilo que dio Ariadna a Teseo, me alargo más de la cuenta. Toda esta muela, como decimos en Cuba, fue para contarles que al final de tanto dilema, la única solución que encontré fue amputarme los dos apellidos (después de todo, a mi nombre lo perdoné).

Y ser, desde ese momento, el primero de mi estirpe “¿De qué manera?” dirán. Pues sencillo: comencé a escribir. Busqué como un yonki el ostracismo que persigue a los escritores trastornados, a los obsesivos poetas suicidas de callejón, a los ensayistas de lo intrascendente. Volviéndome un descastado de motu proprio. Enfrentándome (como los héroes de la antigüedad) al monstro que te arrastra hasta el fondo de tu propio ser. El Mar Negro.

Siempre supe que el Mar Negro iba a venir a buscarme. Que me seduciría el oficio de marinero, habiendo nacido en una Playa. No una playa de arena, sino una de concreto y automóviles viejos, que queda en La Habana. Playa mi municipio y patria chica, el enunciado al inicio de las clases, en tantas libretas que de tan solo recordarlo el paladar me sabe a salitre. Si es cierto, como nos dice Borges, y en la palabra rosa están cifradas todas las rosas y en la palabra Nilo el Nilo completo, entonces mi Playa, es a la vez uno y todos los puertos desde donde zarpo continuamente al Mar Negro. Que es intemporal y contiene en sus aguas alquitranadas, todos los libros que se han escrito, todos los que quedan por escribirse. Solo me resta, con la melancolía bucanera de quien no espera volver a tocar tierra firme, invitarlos a que me acompañen y sirvan de testigos en esta odisea.

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